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A través del espejo (Lewis Carroll) - pág.61

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Esta vez era el caballero blanco. Cabalgó hasta donde estaba Alicia y al detenerse su montura se desplomó a tierra tan pesadamente como antes lo hubiera hecho el caballero rojo: luego volvió a montar y los dos caballeros se estuvieron mirando desde lo alto de sus jaeces sin decir palabra durante algún rato. Alicia miraba ora al uno ora al otro, bastante desconcertada.
-¡Bien claro está que la prisionera es mía! -reclamó al fin el caballero rojo.
-¡Sí, pero luego vine yo y la rescaté! -replicó el caballero blanco.
-¡Pues entonces hemos de batirnos por ella! -declaró el caballero rojo, mientras recogía su yelmo (que traía colgado de su silla y tenía una forma así como la cabeza de un caballo) y se lo calaba.
-Por supuesto, guardaréis las reglas del combate, ¿no? -observó el caballero blanco mientras se calaba él también su yelmo.
-Siempre lo hago -aseguró el caballero rojo y empezaron ambos a golpearse a mazazos con tanta furia que Alicia se escondió tras un árbol para protegerse de los porrazos.
-¿Me pregunto cuáles serán esas reglas del combate? -se dijo mientras contemplaba la contienda, asomando tímidamente la cabeza desde su escondrijo.
Por lo que veo, una de las reglas parece ser la de que cada vez que un caballero golpea al otro lo derriba de su caballo; pero si no le da, el que cae es él..., y parece que otra de esas reglas es que han de agarrar sus mazas con ambos brazos, como lo hacen los títeres del guiñol..., ¡y vaya ruido que arman al caer: como si fueran todos los hierros de la chimenea cayendo sobre el guardafuegos! Pero, ¡qué quietos que se quedan sus caballos! Los dejan desplomarse y volver a montar sobre ellos como si se tratara de un par de mesas.
Otra de las reglas del combate, de la que Alicia no se percató, parecía ser la de que siempre habían de caer de cabeza; y efectivamente, la contienda terminó al caer ambos de esta manera, lado a lado. Cuando se incorporaron, se dieron la mano y el caballero rojo montó sobre su caballo y se alejó galopando.
-¡Una victoria gloriosa! ¿no te parece? -le dijo el caballero blanco a Alicia mientras se acercaba jadeando.
-Pues no sé qué decirle -le contestó Alicia con algunas dudas-. No me gustaría ser la prisionera de nadie; lo que yo quiero es ser una reina.


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