A través del espejo (Lewis Carroll) - pág.60
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Alicia no acertaba a discernir de dónde procedía tanto ruido, pero el aire parecía henchido de redobles de tambor cuyo estrépito estallaba dentro de su cabeza hasta que empezó a ensordecerla del todo. Se puso en pie de un salto y acosada de temor saltó al otro lado del arroyuelo; tuvo justo el tiempo de ver...
... antes de caer de rodillas y de taparse los oídos tratando en vano de aislarse del tremendo ruido, cómo el león y el unicornio se ponían súbitamente en pie, mirando furiosos en derredor al ver interrumpida su fiesta.
-¡Si eso no los echa a tamborilazos del pueblo -pensó para sí misma- ya nada lo logrará!
"ES MI PROPIA INVENCION"
Después de un rato, el estrépito fue amainando gradualmente hasta quedar todo en el mayor silencio, por lo que Alicia levantó la cabeza, un poco alarmada. No se veía a nadie por ningún lado, de forma que lo primero que pensó fue que debía de haber estado soñando con el león y el unicornio y esos curiosos mensajeros anglosajones. Sin embargo, ahí continuaba aún a sus pies la gran fuente sobre la que había estado intentando cortar el pastel. Así que, después de todo, no he estado soñando -se dijo a sí misma...- a no ser que fuésemos todos parte del mismo sueño. Sólo que si así fuera, ¿ojalá que el sueño sea el mío propio y no el del Rey rojo! No me gusta nada pertenecer al sueño de otras personas -continuó diciendo con voz más bien quejumbrosa como que estoy casi dispuesta a ir a despertarlo y ¡a ver qué pasa!
En este momento sus pensamientos se vieron interrumpidos por unas voces muy fuertes, unos gritos de -¡Hola! ¡Hola! ¡Jaque! -que profería un caballero, bien armado de acero púrpura, que venía galopando hacia ella blandiendo una gran maza. Justo cuando llegó a donde estaba Alicia, el caballo se detuvo súbitamente-: ¡Eres mi prisionera! -gritó el caballero, mientras se desplomaba pesadamente del caballo.
A pesar del susto que se había llevado, Alicia estaba en aquel momento más preocupada por él que por sí misma y estuvo observando con no poca ansiedad cómo montaba nuevamente sobre su cabalgadura. Tan pronto como se hubo instalado cómodamente en su silla, empezó otra vez a proclamar: -¡Eres mi...! -pero en ese preciso instante otra voz le atajó con nuevos gritos de-: ¡Hola! ¡Hola! ¡Jaque! -y Alicia se volvió, bastante sorprendida, para ver al nuevo enemigo.
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