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A través del espejo (Lewis Carroll) - pág.37

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-Estoy segura de que la mía no funciona más que en uno -observó Alicia-. No puedo acordarme de nada que no haya sucedido antes.
-Mala memoria, la que sólo funciona hacia atrás -censuró la Reina.
-¿De qué clase de cosas se acuerda usted mejor? -se atrevió a preguntarle Alicia.
-¡Oh! De las cosas que sucedieron dentro de dos semanas -replicó la Reina con la mayor naturalidad-. Por ejemplo, -añadió, vendándose un dedo con un buen trozo de gasa- ahí tienes al mensajero del Rey. Está encerrado ahora en la cárcel, cumpliendo su condena; pero el juicio no empezará hasta el próximo miércoles y por supuesto, el crimen se cometerá al final.
-¿Y suponiendo que nunca cometa el crimen? -preguntó Alicia.
-Eso sería tanto mejor, ¿no te parece? -dijo la Reina sujetando con una cinta la venda que se había puesto en el dedo.

A Alicia le pareció que desde luego eso no se podía negar. Claro que sería mejor -dijo- pero entonces, el haber cumplido condena no sería tanto mejor para él.
-Ahí es donde te equivocas de todas -le aseguró la Reina-. ¿Te han castigado a ti alguna vez?
-Sólo por travesuras -se excusó Alicia.
-¡Y estoy segura de que te sentó muy bien el castigo! -concluyó triunfante la Reina.
-Sí, pero es que yo sí que había cometido las cosas por las que me castigaron -­insistió Alicia- y en eso estriba la diferencia.
-Pero si no las hubieses cometido -replicó la Reina- eso te habría sentado mucho mejor aún. ¡Mucho mejor, muchísimo mejor! Pero es que, ¡muchísimo mejor! -Con cada «mejor» iba elevando más y más el tono de voz hasta que al final no se oía más que un gritito muy agudo.
Alicia iba precisamente a replicarle que: -Debe de haber algún error en todo eso...- cuando la Reina empezó a dar unos alaridos tan fuertes que tuvo que dejar la frase sin terminar. -¡Ay, ay, ay! -aullaba la Reina sacudiéndose la mano como si quisiera que se le soltara.
-¡Me está sangrando el dedo! ¡Ay, ay, ay, ay!
Sus alaridos se parecían tanto al silbato de una locomotora que Alicia tuvo que taparse los oídos con ambas manos.
-Pero, ¿qué es lo le pasa? -le preguntó cuando encontró una ocasión para hacerse oír. -¿Es que se ha pinchado un dedo?


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