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Alicia en el país de las maravillas (Lewis Carroll) - pág.62

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-Entonces puedes sentarte -replicó el Rey.
Al llegar a este punto el otro conejillo de indias empezó a aplaudir, y fue también reprimido.
-¡Vaya, con eso acaban los conejillos de indias! -se dijo Alicia-. Me parece que todo irá mejor sin ellos.
-Preferiría terminar de tomar el té -dijo el Sombrerero, lanzando una mirada inquieta hacia la Reina, que estaba leyendo la lista de cantantes.
-Puedes irte -dijo el Rey. Y el Sombrerero salió volando de la sala, sin esperar siquiera el tiempo suficiente para ponerse los zapatos.
-Y al salir que le corten la cabeza -añadió la Reina, dirigiéndose a uno de los ujieres.
Pero el Sombrerero se había perdido de vista, antes de que el ujier pudiera llegar a la puerta de la sala.
-¡Llama al siguiente testigo! -dijo el Rey.
El siguiente testigo era la cocinera de la Duquesa. Llevaba el pote de pimienta en la mano, y Alicia supo que era ella, incluso antes de que entrara en la sala, por el modo en que la gente que estaba cerca de la puerta empezó a estornudar.
-Di lo que tengas que declarar -ordenó el Rey.
-De eso nada -dijo la cocinera.
El Rey miró con ansiedad al Conejo Blanco, y el Conejo Blanco dijo en voz baja:
-Su Majestad debe examinar detenidamente a este testigo.
-Bueno, si debo hacerlo, lo haré -dijo el Rey con resignación, y, tras cruzarse de brazos y mirar de hito en hito a la cocinera con aire amenazador, preguntó en voz profunda-: ¿De qué se hacen las tartas?
-Sobre todo de pimienta -respondió la cocinera.
-Melaza -dijo a sus espaldas una voz soñolienta.
-Prended a ese Lirón -chilló la Reina-. ¡Decapitad a ese Lirón! ¡Arrojad a ese Lirón de la sala! ¡Reprimidle! ¡Pellizcadle! ¡Dejadle sin bigotes!
Durante unos minutos reinó gran confusión en la sala, para arrojar de ella al Lirón, y, cuando todos volvieron a ocupar sus puestos, la cocinera había desaparecido.
-¡No importa! -dijo el Rey, con aire de alivio-. Llama al siguiente testigo. -Y añadió a media voz dirigiéndose a la Reina-: Realmente, cariño, debieras interrogar tú al próximo testigo. ¡Estas cosas me dan dolor de cabeza!
Alicia observó al Conejo Blanco, que examinaba la lista, y se preguntó con curiosidad quién sería el próximo testigo. «Porque hasta ahora poco ha sido lo que han sacado en limpio», se dijo para sí. Imaginad su sorpresa cuando el Conejo Blanco, elevando al máximo volumen su vocecilla, leyó el nombre de:


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