Alicia en el país de las maravillas (Lewis Carroll) - pág.61
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-Soy un pobre hombre, Majestad -empezó a decir el Sombrerero en voz temblorosa-... y no había empezado aún a tomar el té... no debe hacer siquiera una semana... y las rebanadas de pan con mantequilla se hacían cada vez más delgadas... y el titileo del té...
-¿El titileo de qué? -preguntó el Rey.
-El titileo empezó con el té -contestó el Sombrerero.
-¡Querrás decir que titileo empieza con la T! -replicó el Rey con aspereza-. ¿Crees que no sé ortografía? ¡Sigue!
-Soy un pobre hombre -siguió el Sombrerero-... y otras cosas empezaron a titilear después de aquello... pero la Liebre de Marzo dijo...
-¡Yo no dije eso! -se apresuró a interrumpirle la Liebre de Marzo.
-¡Lo dijiste! -gritó el Sombrerero.
-¡Lo niego! -dijo la Liebre de Marzo.
-Ella lo niega -dijo el Rey-. Tachad esta parte.
-Bueno, en cualquier caso, el Lirón dijo... -siguió el Sombrerero, y miró ansioso a su alrededor, para ver si el Lirón también lo negaba, pero el Lirón no negó nada, porque estaba profundamente dormido-. Después de esto -continuó el Sombrerero-, cogí un poco más de pan con mantequilla...
-¿Pero qué fue lo que dijo el Lirón? -preguntó uno de los miembros del jurado.
-De esto no puedo acordarme -dijo el Sombrerero.
-Tienes que acordarte -subrayó el Rey-, o haré que te ejecuten.
El desgraciado Sombrerero dejó caer la taza de té y el pan con mantequilla, y cayó de rodillas.
-Soy un pobre hombre, Majestad -empezó.
-Lo que eres es un pobre orador -dijo sarcástico el Rey.
Al llegar a este punto uno de los conejillos de indias empezó a aplaudir, y fue inmediatamente reprimido por los ujieres de la corte. (Como eso de «reprimir» puede resultar difícil de entender, voy a explicar con exactitud lo que pasó. Los ujieres tenían un gran saco de lona, cuya boca se cerraba con una cuerda: dentro de este saco metieron al conejillo de indias, la cabeza por delante, y después se sentaron encima).
-Me alegro muchísimo de haber visto esto -se dijo Alicia-. Estoy harta de leer en los periódicos que, al final de un juicio, «estalló una salva de aplausos, que fue inmediatamente reprimida por los ujieres de la sala», y nunca comprendí hasta ahora lo que querían decir.
-Si esto es todo lo que sabes del caso, ya puedes bajar del estrado -siguió diciendo el Rey.
-No puedo bajar más abajo -dijo el Sombrerero-, porque ya estoy en el mismísimo suelo.
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