Alicia en el país de las maravillas (Lewis Carroll) - pág.56
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Pero no serviría de nada retroceder hasta ayer, porque ayer yo era otra persona.
-¡Es un galimatías! Explica todo esto -dijo la Falsa Tortuga.
-¡No, no! Las aventuras primero -exclamó el Grifo con impaciencia-, las explicaciones ocupan demasiado tiempo.
Así pues, Alicia empezó a contar sus aventuras a partir del momento en que vio por primera vez al Conejo Blanco. Al principio estaba un poco nerviosa, porque las dos criaturas se pegaron a ella, una a cada lado, con ojos y bocas abiertos como naranjas, pero fue cobrando valor a medida que avanzaba en su relato. Sus oyentes guardaron un silencio completo hasta que llegó el momento en que le había recitado a la Oruga el poema aquél de "Has envejecido, Padre Guillermo..." que en realidad le había salido muy distinto de lo que era. Al llegar a este punto, la Falsa Tortuga dio un profundo suspiro y dijo:
-Todo eso me parece muy curioso.
-No puede ser más curioso- remachó el Grifo.
-Te salió tan diferente... -repitió la Tortuga-, que me gustaría que nos recitases algo ahora.
Se volvió al Grifo.
-Dile que empiece.
El Grifo indicó:
-Ponte en pie y recita eso de "Es la voz del perezoso..."
-Pero, ¡cuántas órdenes me dan estas criaturas! -dijo Alicia en voz baja-.
Parece como si me estuvieran haciendo repetir las lecciones. Para esto lo mismo me daría estar en la escuela.
Pero se puso en pie y comenzó obedientemente a recitar el poema. Mientras tanto, no dejaba de darle vueltas en su cabeza a la danza de las langostas y en realidad apenas sabía lo que estaba diciendo. Y así le resultó lo que recitaba:
La voz de la Langosta
he oído declarar:
Me han tostado demasiado
y ahora tendré que ponerme azúcar.
Lo mismo que el pato hace con los párpados
hace la langosta con su nariz:
ajustarse el cinturón y abotonarse
mientras tuerce los tobillos.
Cuando la arena está seca
Está feliz, tanto como una perdiz,
y habla con desprecio del tiburón.
Pero cuando la marea sube
y los tiburones la cercan,
se le quiebra la voz
Y sólo sabe balbucear.
El Grifo dijo:
-No lo oía así yo cuando era niño. Resulta distinto.
-Puede ser, aunque lo cierto es que yo jamás he oído ese poema- dijo la Falsa Tortuga-, pero el caso es que me suena a disparates.
Alicia no contestó. Se cubrió la cara con las manos, tras de sentarse de nuevo y se preguntó si sería posible que nada pudiera suceder allí de una manera natural.
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