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Alicia en el país de las maravillas (Lewis Carroll) - pág.30

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Era la pura verdad, pero a Alicia no le gustó nada que se lo dijeran.
-¡Qué pesadez! -masculló para sí-. ¡Qué manera de razonar tienen todas estas criaturas! ¡Hay para volverse loco!
Al lacayo le pareció ésta una buena oportunidad para repetir su observación, con variaciones:
-Estaré sentado aquí -dijo- días y días.
-Pero ¿qué tengo que hacer yo? -insistió Alicia.
-Lo que se te antoje -dijo el criado, y empezó a silbar.
-¡Oh, no sirve para nada hablar con él! -murmuró Alicia desesperada-. ¡Es un perfecto idiota!
Abrió la puerta y entró en la casa.
La puerta daba directamente a una gran cocina, que estaba completamente llena de humo. En el centro estaba la Duquesa, sentada sobre un taburete de tres patas y con un bebé en los brazos. La cocinera se inclinaba sobre el fogón y revolvía el interior de un enorme puchero que parecía estar lleno de sopa.
-¡Esta sopa tiene por descontado demasiada pimienta! -se dijo Alicia para sus adentros, mientras soltaba el primer estornudo.
Donde si había demasiada pimienta era en el aire. Incluso la Duquesa estornudaba de vez en cuando, y el bebé estornudaba y aullaba alternativamente, sin un momento de respiro. Los únicos seres que en aquella cocina no estornudaban eran la cocinera y un rollizo gatazo que yacía cerca del fuego, con una sonrisa de oreja a oreja.
-¿Por favor, podría usted decirme -preguntó Alicia con timidez, pues no estaba demasiado segura de que fuera correcto por su parte empezar ella la conversación- por qué sonríe su gato de esa manera?
-Es un gato de Cheshire -dijo la Duquesa-, por eso sonríe. ¡Cochino!
Gritó esta última palabra con una violencia tan repentina, que Alicia estuvo a punto de dar un salto, pero en seguida se dio cuenta de que iba dirigida al bebé, y no a ella, de modo que recobró el valor y siguió hablando.
-No sabía que los gatos de Cheshire estuvieran siempre sonriendo. En realidad, ni siquiera sabía que los gatos pudieran sonreír.
-Todos pueden -dijo la Duquesa-, y muchos lo hacen.
-No sabía de ninguno que lo hiciera -dijo Alicia muy amablemente, contenta de haber iniciado una conversación.
-No sabes casi nada de nada -dijo la Duquesa-. Eso es lo que ocurre.
A Alicia no le gustó ni pizca el tono de la observación, y decidió que sería oportuno cambiar de tema. Mientras estaba pensando qué tema elegir, la cocinera apartó la olla de sopa del fuego, y comenzó a lanzar todo lo que caía en sus manos contra la Duquesa y el bebé: primero los hierros del hogar, después una lluvia de cacharros, platos y fuentes.


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