Alicia en el país de las maravillas (Lewis Carroll) - pág.19
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Hasta que oyó una voz fuera de la casa, y dejó de discutir consigo misma para escuchar.
-¡Mary Ann! ¡Mary Ann! -decía la voz-. ¡Tráeme inmediatamente mis guantes!
Después Alicia oyó un ruidito de pasos por la escalera. Comprendió que era el Conejo que subía en su busca y se echó a temblar con tal fuerza que sacudió toda la casa, olvidando que ahora era mil veces mayor que el Conejo Blanco y no había por tanto motivo alguno para tenerle miedo.
Ahora el Conejo había llegado ante la puerta, e intentó abrirla, pero, como la puerta se abría hacia adentro y el codo de Alicia estaba fuertemente apoyado contra ella, no consiguió moverla. Alicia oyó que se decía para sí:
-Pues entonces daré la vuelta y entraré por la ventana.
-Eso sí que no -pensó Alicia.
Y, después de esperar hasta que creyó oír al Conejo justo debajo de la ventana, abrió de repente la mano e hizo gesto de atrapar lo que estuviera a su alcance. No encontró nada, pero oyó un gritito entrecortado, algo que caía y un estrépito de cristales rotos, lo que le hizo suponer que el Conejo se había caído sobre un invernadero o algo por el estilo. Después se oyó una voz muy enfadada, que era la del Conejo:
-¡Pat! ¡Pat! ¿Dónde estás? ¿Dónde estás?
Y otra voz, que Alicia no había oído hasta entonces:
-¡Aquí estoy, señor! ¡Cavando en busca de manzanas, con permiso del señor!
-¡Tenías que estar precisamente cavando en busca de manzanas! -replicó el Conejo muy irritado-. ¡Ven aquí inmediatamente! ¡Y ayúdame a salir de esto!
Hubo más ruido de cristales rotos. -Y ahora dime, Pat, ¿qué es eso que hay en la ventana?
-Seguro que es un brazo, señor -(y pronunciaba «brasso»).
-¿Un brazo, majadero? ¿Quién ha visto nunca un brazo de este tamaño? ¡Pero si llena toda la ventana!
-Seguro que la llena, señor. ¡Y sin embargo es un brazo!
-Bueno, sea lo que sea no tiene por que estar en mi ventana. ¡Ve y quítalo de ahí!
Siguió un largo silencio, y Alicia sólo pudo oír breves cuchicheos de vez en cuando, como «¡Seguro que esto no me gusta nada, señor, lo que se dice nada!» y «¡Haz de una vez lo que te digo, cobarde!» Por último, Alicia volvió a abrir la mano y a moverla en el aire como si quisiera atrapar algo.
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