Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.101
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La señora March dirigió una mirada a Meg, que estaba muy bonita con su bata de percal con los bucles en su frente agitados por la corriente del aire, y muy femenina, cosiendo delante de la mesita de labor; sin la menor idea de los pensamientos de su madre, cosía y cantaba mientras volaban sus dedos, con la mente llena de fantasías juveniles, tan inocentes y frescas como los pensamientos que tenía prendidos en su cinturón. La señora se sonrió y quedó contenta. -Dos cartas para la doctora Jo; un libro y un viejo sombrero muy curioso, que cubría toda la estafeta -dijo Beth, riéndose, al entrar donde estaba Jo escribiendo.
-¡Qué pícaro es ese Laurie! Dije que ojalá estuvieran de moda los sombreros grandes, porque los días calurosos me quemo la cara. Y dijo «¿Qué importa la moda? Ponte un sombrero grande y procura estar cómoda". Yo le contesté que lo haría si tuviera uno, y me ha enviado esto para probarme. Me lo pondré en broma, para demostrarle que no me importa la moda -y colgando el sombrero de ancha ala sobre un busto de Platón, Jo leyó su correspondencia.
Una carta de su madre la sonrojó e hizo asomar lágrimas a sus ojos, porque decía:
"Querida mía: Estas palabras son para decirte con cuánta satisfacción observo tus esfuerzos por dominar tu genio. No dices nada de tus pruebas, de tus contratiempos ni de tus éxitos, y quizá pienses que nadie se da cuenta de ellos, excepto el Amigo cuyo auxilio, pides cada día, si deduzco bien del mucho uso que parece tener tu librito. Yo también lo he notado y creo que comienza a dar fruto. Persiste, querida mía, con paciencia y coraje, siempre creyendo que nadie te comprende ni simpatiza tan tiernamente contigo como tu querida madre.»
-Esto me hace bien. Vale millones de dinero y miles de alabanzas.
¡Oh, mamá, de veras que me esfuerzo y seguiré haciéndolo, y no me cansaré, pues te tengo a ti! Apoyando la cara en los brazos; Jo vertió lágrimas de alegría sobre el pequeño romance que escribía, porque en realidad había pensado que nadie notaba o apreciaba sus esfuerzos para ser buena, y esta seguridad era doblemente preciosa y alentadora, por lo inesperada y por venir de la persona cuyo elogio estimaba más. Sintiéndose más fuerte que nunca para encontrar y vencer a su Apolo, prendió la carta con alfileres dentro de su traje como escudo recordatorio, para no estar desprevenida, y procedió a abrir la otra carta, dispuesta para buenas o malas noticias.
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