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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.49

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Si los Laurence hubieran sido lo que Jo llamaba «tiesos y almidonados», no se hubiera entendido con ellos, porque la gente así siempre la coartaba e irritaba; pero viéndolos tan francos y naturales, ella lo estaba también y les produjo buena impresión. Cuando se levantaron quiso despedirse, pero Laurie dijo que tenía algo más que mostrarle, y la condujo al invernadero que estaba iluminado en su honor. Era como un lugar encantado, con las paredes cubiertas de flores de cada lado, la dulce luz, el aire húmedo y tibio y las vides y plantas exóticas. Su nuevo amigo cortó las flores más bellas, y las ató en un ramo, diciendo, con mirada alegre:
-Hágame el favor de dárselas a su señora madre, y dígale que me gusta mucho la medicina que me envió.
Encontraron al señor Laurence de pie delante del fuego en el salón.
La atención de Jo quedó completamente cautivada por un hermoso piano de cola, abierto.
-¿Toca usted el piano? –preguntó Jo volviéndose a Laurie con expresión llena de respeto.
- Algunas veces –respondió.
-Hágame el favor de tocar el piano ahora; deseo oírlo para contárselo a Beth.
-¿No querrá usted tocar primero?
-No sé tocar; soy demasiado torpe como para aprender, pero me gusta mucho la música.

Tocó Laurie el piano, y Jo lo escuchó con la nariz escondida entre heliotropos y rosas. Su respeto y estimación del «muchacho Laurie» aumentó, porque tocaba muy bien y sin presunción. Deseaba que Beth pudiese oírle, pero no lo dijo; elogió su arte hasta confundir al chico, y su abuelo lo sacó del aprie­to.
- Basta, basta, señorita, no le convienen tantas alabanzas. No está mal su música, pero espero quesea tan aplicado en cosas más importantes. ¿Se va usted ya? Bueno, muchas gracias, y venga otra vez. Mis saludos a su señora madre; buenas noches, doctor Jo.
Le dio la mano amablemente, pero parecía algo contrariado.
Cuando estaban en el vestíbulo, Jo preguntó si había dicho alguna cosa inconveniente, pero Laurie meneó la cabeza.
-No; la falta fue mía; no le gusta oírme tocar el piano.
-¿Por qué no?
-Se lo diré otro día. John la acompañará a su casa, porque yo no puedo hacerlo.
-No es necesario; no soy una señorita, y estoy a un paso. Cuídese mucho.
-Sí, pero espero que volverá.
Si usted promete venir a vemos cuando se haya restablecido.


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