Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.48
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-Piensa usted que él necesita que lo animen un poquito; ¿no es así?
-Sí, señor; parece algo solitario, y quizá la compañía de jóvenes le haría bien. Somos solamente
muchachas, pero nos alegraríamos de poder ayudar, si es posible, porque no nos olvidamos del magnífico regalo de Navidad que usted nos envió -dijo vivamente Jo.
- ¡Ta, ta, ta! ¡Fue cosa del chico! ¿Cómo está la pobre mujer?
-Muy mejorada, señor -y Jo se puso a hablar velozmente de la familia Hummel, en la cual su madre había interesado a amigos más ricos que ellas. -Esa era la manera que tenía el padre de su madre de usted de hacer el bien. Iré a ver a su madre algún día. Dígaselo así. Ya suena la campana para el té; lo tomamos temprano a causa del chico. Baje con nosotros, y siga siendo buena vecina.
-Si no le estorba mi compañía, señor.
-Si me estorbara no la invitaría -respondió el señor Laurence, ofreciéndole el brazo con la cortesía de los viejos tiempos.
«¿Qué diría Meg si nos viera?», pensó Jo, mientras caminaba con su nuevo amigo, imaginándose cómo la escucharían en su casa cuando les contara los acontecimientos del día.
-¿Qué mosca le ha picado al mozo? -dijo el viejo señor, mientras Laurie bajaba corriendo la escalera y se paraba en seco, estupefacto, a la vista de Jo del brazo de su formidable abuelo.
-No sabía que había usted vuelto, señor -dijo mientras echaba a Jo una mirada triunfal.
-Se ve que no lo sabía por la manera de bajar la escalera. Venga usted a tomar el té, señor, y pórtese como un caballero –y después de dar al muchacho un cariñoso tirón de pelo, el señor Laurence continuó andando mientras su nieto gesticulaba a sus espaldas con tanta gracia, que por poco provocan una explosión de risa en Jo.
Mientras bebía cuatro tazas de té, el abuelo habló poco pero observaba a los jóvenes, que charlaban como antiguos amigos, y no le pasó inadvertido el cambio operado en su nieto. Había color y vivacidad en la cara del chico y una alegría genuina en su risa.
«Ella tiene razón; el chico está muy solo. Veré lo que pueden hacer esas niñas para solucionarlo», pensó el señor Laurence, mientras observaba y escuchaba. Jo le gustaba por sus maneras bruscas y originales; parecía entender al muchacho casi tan bien como si ella misma fuera muchacho.
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