Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.47
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-El médico, que viene a verle a usted, señorito -dijo la criada.
-Dispénseme un minuto. Tengo que ir a verlo -susurró Laurie.
-No se preocupe por mí. Aquí estoy tan contenta como unas castañuelas
-respondió Jo.
Se fue Laurie y su visitante se entretuvo a su manera. Estaba enfrente de un buen retrato del señor anciano, cuando la puerta volvió a abrirse, y, sin darse vuelta, dijo ella decididamente:
-Ahora estoy segura de que no le tendría miedo, porque sus ojos son benévolos aunque la boca sea algo severa, y parece una de esas personas firmes que siempre hacen lo que quieren. No es tan guapo como mi abuelo, pero me agrada.
- ¡Gracias, señorita! -respondió una voz ronca a sus espaldas.
Volvióse espantada, y se encontró frente a frente con el viejo señor Laurence. La pobre Jo enrojeció hasta más no poder y su corazón empezó a latir a velocidad vertiginosa. Un deseo violento de escaparse la invadió; pero significaba una cobardía las y muchachas se reirían de ella; decidió quedarse y salir del paso como pudiera. Otra mirada le mostró que los ojos vivaces que la miraban bajo las cejas espesas y grises eran aún más benévolos que en el retrato; en ellos había un guiño picaresco que aplacó en mucho su temor. La voz era aún más ronca que antes cuando el viejo señor dijo bruscamente, después de una pausa terrible:
-¿Conque no me tiene miedo, eh?
-No mucho señor.
-¿Y no me ve usted tan guapo como su abuelo?
-No, señor, no tanto.
-¿Y hago siempre lo que quiero, no es así?
-Sólo dije que parecía.
-Pero, a pesar de eso, ¿le agrado?
-Así es, señor.
Las respuestas conformaron al viejo caballero; se rió un momento, le estrechó la mano, y, asiéndola de la barbilla, le examinó la cara, diciendo después con un movimiento de cabeza.
-Tiene usted el espíritu de su abuelo, aunque no se parece a él; era buen mozo, querida mía; pero, lo que vale más, era un hombre valiente y honrado, y me siento orgulloso de haber sido su amigo.
-Gracias, señor -dijo Jo, perdiendo después de esto toda su timidez.
-¿Qué ha estado usted haciendo con este muchacho mío? -fue la pregunta siguiente, hecha abruptamente.
-Solamente he tratado de ser buena vecina, señor -y Jo explicó el porqué de su visita.
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