Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.46
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-¡Oh, esto me hace mucho bien! ¡Siga, siga, haga el favor! -dijo retirando la cara del almohadón, colorada y resplandeciente de alegría.
Muy satisfecha de su éxito, Jo siguió, efectivamente, y habló de sus juegos y proyectos, de sus esperanzas y temores por su padre y los acontecimientos más interesantes del mundo pequeño en el cual se movían las hermanas. Después se pusieron a hablar de libros, y Jo descubrió con placer que Laurie los amaba tanto como ella y había leído aún más.
-Si le gustan tanto, bajemos para que vea los nuestros. Mi abuelo está fuera, no tema -dijo Laurie.
-Yo no tengo miedo de nada -respondió Jo, sacudiendo la cabeza.
- ¡Lo creo! -contestó el chico, mirándola con admiración aunque pensando que no le faltarían razones para tener miedo del viejo caballero si se encontraba con él en algunos momentos de mal humor.
Como toda la casa estaba muy templada, Laurie llevó a Jo de sala en sala, dejándola examinar cualquier cosa que le llamara la atención, hasta que llegaron a la biblioteca, donde ella dio unas cuantas palmadas y saltos, como solía hacer cuando se entusiasmaba. La biblioteca estaba atestada de libros, y había también cuadros y estatuas, vitrinas encantadoras llenas de monedas y curiosidades, butacas que invitaban al descanso, mesas raras y figuras de bronce, y, lo mejor de todo, una chimenea abierta, encuadrada por curiosos azulejos.
-¡Qué riqueza! -suspiró Jo, dejándose caer en una butaca tapizada de terciopelo y mirando a su alrededor con intensa satisfacción -. Theodore Laurence, debería usted ser el chico más feliz del mundo agregó, gravemente.
-Un chico no puede vivir y alimentarse de libros -dijo Laurie, sentándose sobre una mesa de enfrente. Antes de que pudiera agregar más sonó una campana, y Jo dio un salto, exclamando alarmada:
- ¡Ay de mí! ¡Es su abuelo! -Bueno, ¿y qué importa? ¿Usted no tiene miedo de nada, verdad? -respondió el chico, con aire de picardía.
-Creo que le tengo un poquito de miedo, pero no sé por qué. Mamá me dio permiso para venir, y no creo que usted se haya empeorado por mi visita -dijo Jo, dominándose, aunque tenía los ojos clavados en la puerta. -Al contrario, me ha hecho mucho bien, y le estoy muy agradecido; pero temo que usted se haya cansado de hablarme; es tan agradable, que no me resignaba a parar -repuso Laurie sinceramente.
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