Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.45
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-No cerraremos más aquella cortina y le permitimos mirar todo lo que quiera. Pero en vez de mirar, debía usted venir a vernos. Mi madre es tan buena, que le haría mucho bien, y Beth le cantaría a usted, si yo se lo pidiera, y Amy bailaría; Meg y yo lo haríamos reír con nuestros trajes teatrales y pasaríamos ratos muy alegres. ¿No le permitiría su abuelo venir?
-Creo que lo permitiría si su madre se lo pidiera. El es muy amable, aunque no lo parece, y me deja hacer casi todo lo que quiero; solamente teme que moleste a los extraños -dijo Laurie, animándose gradualmente.
-Pero no somos extraños, somos vecinos, y no nos molestaría nunca. Deseamos tratarnos con usted y yo lo he intentado muchas veces.
No llevamos aquí mucho tiempo, como usted sabe, y hemos hecho amistad con todos los vecinos, menos con ustedes.
-Usted verá: mi abuelo vive entre sus libros y no le interesa lo que pasa en el mundo. El señor Brooke, mi profesor, no vive aquí, y no tengo nadie que pueda acompañarme; me quedo en casa y me arreglo como puedo.
-Es una lástima; debe animarse y hacer visitas a todas partes donde lo inviten; así tendrá muchos amigos y casas agradables donde ir. No haga caso de su timidez; no le durará mucho tiempo si empieza a salir. Laurie se puso colorado de nuevo, pero no se ofendió por lo de la timidez; había tanta buena voluntad en los consejos de Jo, que era imposible tomarlos a mal.
-¿Le gusta a usted su escuela? -preguntó el chico, cambiando de conversación, después de una breve pausa.
-No voy a la escuela; soy hombre de negocios; muchacha de negocios, quiero decir. Le hago compañía a mi tía, una querida vieja gruñona -respondió Jo.
Laurie iba a hacer otra pregunta, pero recordando a tiempo que no era cortés averiguar demasiado las vidas ajenas, se calló otra vez, un poco cortado. Jo apreció sus buenas maneras, pero como no le importaba mucho reírse un poco a costa de la tía March, hizo una ingeniosa descripción de la señora vieja e impaciente, de su perro de lanas, de su loro, que hablaba español, y de la biblioteca donde tanto se divertía ella.
Laurie escuchaba encantado, y cuando le contó el episodio del caballero viejo y presumido que fue una vez a hacer la corte a la tía March, y cuando estaba en medio de una bella frase el loro le quitó la peluca, con gran desaliento del galán, el muchacho se desternilló de risa, y una criada asomó la cabeza por la puerta para ver qué pasaba.
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