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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.44

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Ahora está bien.
Lo estaba, efectivamente; porque, riendo y charlando, Jo había puesto las cosas en su sitio, de ma­nera que el cuarto tenía otro aspecto. Laurie la observaba manteniendo un silencio respetuoso, y cuando ella lo invitó a acomodarse en el sofá, se sentó, dando un suspiro de satisfacción y diciendo con gratitud:
-¡Qué amable es usted! Sí, eso era lo que faltaba. Ahora hágame el favor de sentarse en la butaca y permítame que haga algo para entretener a mi visita.
-No; yo soy quien ha venido para entretenerlo a usted. ¿Quiere que le lea en voz alta? -dijo Jo, mi­rando cariñosamente los libros que le parecían llenos de interés.
-Muchas gracias, pero los he leído todos; y, si no le desagrada, preferiría charlar -respondió Laurie.
-Ni en lo más mínimo; puedo hablar todo el día si me da usted cuerda. Dice Beth que soy una coto­rra.
- ¿Es Beth la de las mejillas rosadas, que se queda mucho en casa y sale, a veces, con una cesta? ­preguntó Laurie con interés.
-Sí, esa es Beth; es muy amiga mía y una niña bonísima.
-La hermana bonita es Meg y la del pelo rizado es Amy, ¿No es así?
-¿Cómo ha descubierto usted todo eso?
Laurie se ruborizó, pero contestó francamente:
-Muchas veces las oigo llamarse unas a otras, y cuando estoy aquí arriba solo no puedo evitar mirar a su casa; ustedes siempre parecen estar contentas. Dispénseme si soy descortés, pero a veces se olvidan de correr las cortinas donde están las flores, y cuando están encendidas las lámparas, es un verdadero cuadro el que forman ustedes con su madre, todas alrededor de la mesa; su madre se sienta siempre enfrente y parece tan amable detrás de las flores, que no puedo dejar de mirarla. No tengo madre, ¿sabe usted? -y Laurie atizó el fuego para ocultar un temblor nervioso en sus labios, que no podía dominar.
La expresión de soledad y nostalgia de sus ojos conmovió a Jo.
Ella había recibido una educación tan sencilla, que carecía de malicia, y a pesar de haber cumplido quince años, era tan inocente y sincera como una pequeña. Laurie estaba enfermo y solo, y compren­diendo lo rica que era ella en amor paternal y felicidad, trató alegremente de compartir su riqueza con él. Había una expresión muy amistosa en su cara morena y una dulzura poco acostumbrada en su voz clara al decir:


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