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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.40

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(Al llegar aquí, las oyentes se miraron a hurtadillas y se pusieron a coser diligentemente.) Estas chicas deseaban ser buenas y tomaron excelentes resoluciones; pero por una cosa o por otra, no lograban cum­plirlas muy bien, y con frecuencia decían: «¡Si tuviéramos tal o cual cosa!» o "¡si pudiéramos hacer esto
o aquello!", olvidando completamente cuánto tenían ya y cuántas cosas agradables podían ya hacer. Fueron y preguntaron a una vieja qué métodos podrían usar para ser felices, y ella les dijo:
«Cuando se sientan descontentas, piensen en lo que poseen y estén agradecidas." (Aquí Jo levantó la cabeza, como si fuera a hablar, pero no lo hizo, al notar que la historia no había terminado.) Como eran chicas razonables, decidieron seguir el consejo, y quedaron sorprendidas al ver lo ricas que eran. Una descubrió que el dinero no podía evitar que la vergüenza y la tristeza entraran en las casas de los ricos; otra, que, aunque pobre, era mucho más feliz con su juventud, salud y buen humor, que cierta señora, vieja y descontentadiza, que no sabía gozar de sus comodidades; una tercera, que desagradable como era trabajar en la cocina, era más desagradable tener que pedirlo como una limosna, y la cuarta, que las sortijas de cornalina no eran tan valiosas como la buena conducta. Así, convinieron en dejar de quejarse, gozar de lo que ya tenían y tratar de merecerlo, no fuera que lo perdiesen, en vez de que au­mentara; y creo que nunca se arrepintieron de haber seguido el consejo de la vieja.
- Vaya, mamá, qué habilidad para volver nuestros cuentos contra nosotras y darnos un sermón enlugar de una historia -exclamó Meg. -A mí me gusta esta clase de sermones; es de la misma clase que los que solía contarnos papá -dijo Beth, pensativa, poniendo en orden las agujas sobre la almohadilla de Jo. -No me quejo nunca tanto como las demás, y ahora tendré más cuidado todavía, porque lo sucedido
a Susie me ha hecho reflexionar
-repuso Amy.
-Necesitábamos esa lección y no la olvidaremos. Si lo hacemos, digamos, como la vieja Cloe en El
Tío Tom: piensen en sus bendiciones, niños, piensen en sus bendiciones -susurró Jo, que no podía resis­tir la tentación de sacar un chiste del sermoncito, aunque lo tomase tan en serio como las demás.
CAPITULO 5
COMO BUENOS VECINOS

_¿Qué disparate se te ha ocurrido ahora, Jo? -preguntó Meg, una tarde de nieve, viendo cruzar el vestíbulo a su hermana con botas de goma, un abrigo viejo con capucha, la escoba en una mano y la pala en la otra.


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