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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.38

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Naturalmente, no pregunté nada, pero me daba lástima de ellos y estaba contenta de no tener hermanos rebeldes que hicieran cosas malas y des­honraran a la familia. -Creo que estar deshonrando en la escuela es mucho peor que cualquier cosa que pueden hacer chi-cos malos -dijo Amy, moviendo la cabeza, como si ella tuviese larga experiencia de la vida -. Hoy vino Susie Perkins a la escuela con una sortija de cornerina roja muy hermosa; me encantaba tanto, que de­seaba de todo corazón que fuese mía.
Bueno, dibujó ella una caricatura del señor Davis, con una nariz monstruosa, joroba y las palabras: «¡Señoritas, que las estoy viendo!», saliendo de su boca dentro de un globo. Estábamos riéndonos del dibujo cuando súbitamente el profesor nos vio de veras y mandó a Susie que llevase su pizarra. Estaba paralizada de terror, pero fue. ¿Y qué piensan que hizo él? ¡La tomó por la oreja, imaginen, por la ore­ja!, la condujo a la tribuna y la hizo estar de pie durante media hora, teniendo la pizarra de manera que todo el mundo la pudiera ver.
-¿No se rieron las chicas cuando vieron la caricatura? -preguntó Jo, que encontraba divertidísimo el conflicto.
-¿Reír?, ni una; se quedaron tranquilas como ratoncitos, y Susie lloró a mares, lo sé. No la envidia­ba entonces, porque pensaba que millones de sortijas de cornerinas no hubieran podido hacerme feliz después de eso. Nunca hubiera podido recobrar ánimo después de tal mortificación -y Amy continuó su trabajo, orgullosa de su virtud y de haber hecho un párrafo tan bien construido.
-Esta mañana vi una cosa que me gustó mucho, y tenía la intención de contarla a la hora de la co­mida, pero lo olvidé -dijo Beth, mientras ponía en orden el cesto de Jo -. Cuando fui a comprar almejas, el viejo señor Laurence estaba en la pescadería, pero no me vio, porque yo me quedé quieta detrás de un barril y él estaba ocupado con el pescadero, señor Cutter. Una mujer pobre entró con un balde y una escoba, y preguntó si le permitía hacer alguna limpieza a cambio de un poco de pescado, porque no tenía nada que dar de comer a sus niños y no había encontrado trabajo para el día. El señor Cutter esta­ba muy ocupado, y dijo que no de mal humor; ya se iba ella con aire de tristeza y de hambre, cuando el señor Laurence enganchó un pescado grande con la punta encorvada de su bastón y se lo dio.


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