Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.37
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- ¡Ojalá pudiera hacerlo y acabar con él de una vez! -dije, tratando de no ser impertinente.
"Entonces me echó un largo sermón sobre mis pecados, y me dijo que reflexionara sobre ellos mientras ella descabezaba un sueño. Siempre tarda bastante en esta operación; de modo que tan pronto como su gorro comenzó a cabecear como una dalia demasiado pesada, saqué de mi bolsillo El vicario de Wakefield y me puse a leerlo con un ojo en el libro y otro en la tía. Había llegado al punto donde todos caen al agua, cuando me olvidé de todo y solté una carcajada. La tía se despertó, y de mejor humor después de una siesta, me dijo que leyese un poco para ver qué obra tan ligera prefería yo al dig-no e instructivo Belsham. Leí lo mejor posible, y le gustó, porque solamente dijo:
-No entiendo jota de todo eso; comienza desde el principio, niña -.
Al comienzo fui procurando hacer los primeros capítulos tan interesantes como podía. Una vez tuve la picardía de pararme en un punto lleno de interés y decir tímidamente:
"Temo que la fatigue, señora; ¿no desea que lo deje?
"Ella tomó la calceta; que se le había caído de las manos, y mirándome severamente a través de las
gafas, dijo con su modo brusco: «Acabe usted el capítulo y no sea impertinente, señorita.» -¿Reconoció que le gustaba? -preguntó Meg.
- ¡No, hija, no! Pero dejó descansar el viejo Belsham; y cuando volví para buscar mis guantes esta tarde, allá estaba tan absorta con El vicario de Wakefield, que no me oyó reír, mientras yo bailaba de gusto en el vestíbulo al pensar en el buen tiempo futuro. ¡Qué vida tan agradable podría pasarse si quisiera! No la envidio a pesar de su dinero, porque, después de todo, los ricos tienen tantas penas corno los pobres, creo yo -contestó Jo.
-Eso me recuerda -dijo Meg - que tengo algo que contar. No es gracioso como el incidente de Jo, pero me dio mucho que pensar mientras volvía. Hoy en casa de los King todos estaban alborotados y una de las niñas dijo que su hermano mayor había hecho algo malo y que su padre lo había echado de casa. Oía a la señora King llorar y al señor King hablar fuerte, y Grace y Ellen volvieron las caras cuando pasaron junto a mí, para que no viera sus ojos enrojecidos.
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