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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.36

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Página 36 de 198


Tenía una lúgubre manera de decir:
"cuando papá era rico hacíamos tal o cual cosa", que conmovía a cualquiera, y las chicas conside­raban sus palabras escogidas como muy elegantes.
Amy estaba en buen camino de ser echada a perder por los mimos; todo el mundo la acariciaba, y sus pequeñas vanidades y su egoísmo crecían a buen paso. Pero algo atenuaba su vanidad: tenía que usar los vestidos de su prima. La madre de Florence tenía pésimo gusto, y Amy sufría mucho al tener que llevar un sombrero rojo en lugar de uno azul, trajes que no le iban bien y delantales chillones. Todo era de buena calidad, bien hecho y poco usado; pero ese invierno los ojos artísticos de Amy sufrían lo indecible con un vestido morado oscuro de lunares amarillos.
-Mi único consuelo -dijo a Meg, con los ojos llenos de lágrimas -es que mamá no hace pliegues en mis trajes cada vez que soy mala, como hace la madre de María Parks. Hija, es verdaderamente terrible, porque algunas veces se porta tan mal, que el vestido no llega a las rodillas y no puede venir a la escue-la. Cuando pienso en esta degradación, creo que puedo soportar hasta mi nariz chata y el vestido mora-do con lunares amarillos.
Meg era la confidente y consejera de Amy, y por cierta atracción extraña de los caracteres opues­tos, Jo lo era para la dulce Beth. Solamente a Jo contaba la tímida niña sus pensamientos, y sobre su hermana grandota y atolondrada ejercía Beth, sin saberlo, más influencia que ninguna otra persona de la familia. Las dos chicas mayores eran muy amigas, pero ambas habían tomado una de las pequeñas bajo su cuidado, y las protegían cada una a su manera; era lo que llamaban "jugar a las mamás».
-¿Tiene alguna de ustedes algo que contar? He pasado un día triste y estoy verdaderamente ansiosa de alguna diversión -dijo Meg mientras estaban sentadas cosiendo aquella noche.
-Me pasó una cosa curiosa con la tía hoy, pero como salí con la mía se las voy a contar -dijo Jo, que se complacía mucho en contar incidentes -. Estaba leyendo el interminable Belsham y moscardo­neando, como suelo, porque así se duerme la tía, y entonces saco algún libro interesante, y leo ávida­mente hasta que se despierta. Pero esta vez me entró a mí el sueño, y antes de que ella hubiera dado la primera cabezada se me escapó un bostezo tal, que ella me preguntó qué quería decir abriendo la boca lo bastante para tragarme el libro entero.


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