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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.35

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«¡Qué pases una buena noche, pobrecita!».
Tenía Beth sus penas como las demás; y no siendo un ángel, sino una muchacha muy viva, a me­nudo tenía su "llantito", como decía Jo, porque no podía tomar lecciones de música y tener un piano bueno.
Amaba la música, trataba de aprender con mucha aplicación y tocaba con tanta paciencia el des­afinado y viejo instrumento, que parecía que alguien (sin que esto fuera alusión a la tía March) debería ayudarle.
Pero nadie lo hizo y nadie vio a Beth limpiar, las lágrimas que caían sobre las amarillentas teclas cuando estaba sola. Mientras trabajaba cantaba como una alondra; nunca estaba demasiado cansada para tocar el piano con el objeto de distraer a su madre o a las chicas, y día tras día se decía a sí misma, llena de esperanza: "Yo sé que obtendré mi música alguna vez si soy buena.» En el mundo hay muchí­simas Beth, tímidas y tranquilas, sentadas en rincones hasta que alguien las necesita y que viven para los demás tan alegremente, que nadie se da cuenta de los sacrificios que hacen hasta que el grillo del hogar cesa de chirriar y desaparece el dulce rayo de sol, dejando atrás silencio y sombra.
Si alguien hubiera preguntado a Amy cuál era la pena más grande de su vida, hubiera respondido en seguida: "mi nariz". Cuando era muy pequeña, Jo la había dejado caer en el cajón del carbón, y Amy insistía que la caída había arruinado para siempre su nariz. Le había quedado algo chata, y por más que se la estiraba no podía darle una punta aristocrática.
Nadie hacía caso de eso fuera de ella, y la nariz hacía por su parte todo lo posible por crecer, pero Amy lamentaba la falta de una nariz griega y dibujaba horas enteras narices bellas para consolarse.
«El pequeño Rafael», como la llamaban sus hermanas, tenía verdadero talento para dibujar, y nun-ca era tan feliz como cuando copiaba flores, diseñaba hadas o ilustraba cuentos. Sus maestros se queja­ban de que en lugar de hacer sus cálculos cubría de animalitos su pizarra; las páginas blancas de su atlas estaban llenas de copias de mapas y de sus libros salían volando, en los momentos menos oportunos, caricaturas sumamente cómicas. Estudiaba sus lecciones tan bien como era posible, y su buen compor­tamiento la libraba de muchas reprensiones. Sus compañeros la querían mucho por su buen carácter y por el arte que tenía de agradar sin dificultad; sus aires, sus gracias, eran muy admirados, y su talento también; porque, además de dibujar, podía tocar doce tonadas, hacer ganchillo y leer el francés sin pro­nunciar mal más que las dos terceras partes de las palabras.


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