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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.32

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¡Pobrecita! Espera hasta que yo haga fortuna y gozarás de coches, helados, zapatos de tacones altos, ramilletes y mozos rubios que bailen contigo.
- ¡Qué ridícula eres, Jo! -dijo Meg, riéndose, sin embargo, de aquellas tonterías.
-Suerte que tienes de que lo sea; si yo adoptara esos aires de aflicción y desmayo que tú empleas, estábamos listas. Gracias a Dios, siempre puedo encontrar algo gracioso para darme ánimo. No te que­jes más y vuelve a casa alegre.
Jo dio a su hermana un golpecito en la espalda cuando se separaban para seguir cada una su cami-no, llevando un pastelillo caliente en la mano y tratando de estar alegre a pesar del tiempo invernal, del trabajo duro y de sus juveniles deseos no realizados.
Cuando el señor March perdió su dinero, tratando de ayudar a un amigo, las dos chicas mayores rogaron se les permitiera hacer algo por su propio sostén a lo menos. Creyendo que nunca es demasiado pronto para cultivar energía, laboriosidad e independencia, sus padres consintieron, y ambas se pusieron a trabajar con la buena voluntad que triunfa de todos los obstáculos.
Meg encontró empleo como institutriz, y se sintió rica con su sueldo pequeño. Como ella decía, "le gustaba el lujo", y su mayor pena era ser pobre. Lo encontraba más duro de soportar que las otras, por­que podía recordar un tiempo en que la casa había sido bella, la vida holgada y agradable y nada les había faltado. Procuraba no sentir envidia ni descontento, pero era natural que la muchacha deseara cosas bonitas, amigas alegres, inteligentes y una vida feliz. En casa de los King veía todos los días lo que deseaba tanto, porque las hermanas mayores de los niños acababan de entrar en sociedad, y muy a menudo veía Meg visiones de trajes de baile, y ramilletes, oía charlas animadas acerca de teatros y con­ciertos, partidas de trineo y toda clase de diversiones, y también veía gastar dinero en bagatelas, un di­nero que para ella hubiera sido de mucha utilidad. La pobre Meg se quejaba poco, pero a veces cierto sentido de injusticia la hacía sentirse agria hacia todo el mundo, porque todavía no había aprendido lo rica que era en aquellas bendiciones que realmente pueden hacer feliz la vida.
Jo le convenía a la tía March, que era renga y necesitaba una persona activa para cuidarla. La an­ciana señora, sin hijos, se había ofrecido a adoptar una de las chicas cuando vinieron las dificultades, y se enojó porque los padres rehusaran su oferta.


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