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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.31

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-¡Nunca hubo familia tan malhumorada!-gritó Jo, perdiendo la paciencia, cuando ya había volca­do el tintero, roto los cordones de sus botas y aplastado su sombrero, sentándose encima de él. -Y tú la más malhumorada de todas -respondió Amy, borrando la suma, equivocada, con las lágri­mas que habían caído sobre su pizarra. -Beth, si no encierras a estos horribles gatos en la bodega, los haré ahogar -exclamó Meg, muy irri­tada, al tratar de deshacerse de los gatitos que se le habían subido a los hombros.
Jo se reía, Meg regañaba, Beth imploraba y Amy lloraba, porque no podía acordarse de cuánto era nueve por doce.
-¡Niñas, niñas! Cállense un minuto. Tengo que enviar esta carta por el primer correo y me confun­den con tanto ruido -gritó la señora March.
Hubo un momento de silencio, interrumpido por Hanna, que entró precipitadamente, puso dos pas­telillos calientes sobre la mesa y salió de nuevo. Estos pastelillos eran una institución; las chicas los llamaban "manguitos", y habían descubierto que los pastelillos calientes venían muy bien en las maña­nas frías. Nunca se olvidaba Hanna de hacerlos, por ocupada o gruñona que estuviera, porque las po­brecitas tenían que andar mucho, no tomaban otra cosa para almorzar y rara vez volvían a casa antes de las tres.
-Que mimes a tus gatos y que se te quite el dolor de cabeza, Beth.

-Adiós, mamá; somos una cuadrilla de vagas esta mañana, pero volveremos hechas unos verdade­ros ángeles. Vamos Meg -y Jo echó a andar con la idea de que los peregrinos no salían como era debi­do.
Siempre miraban hacia atrás antes de volver la esquina, porque su madre estaba siempre en la ven­tana para decirles adiós con la mano, sonriendo. Parecía como si no pudieran cumplir sus deberes dia­rios sin aquella despedida que les hacía el efecto de un rayo de sol.
-Si mamá nos amenazara con el puño en lugar de echarnos besos, nos estaría bien empleado, por­que jamás se han visto vagas más ingratas que nosotras -gritó Jo, que tomaba como saludable peniten­cia el camino cubierto de lodo y el viento agudo.
-No uses palabras tan vulgares.
-Me gustan las palabras fuertes con algún sentido.
-Llámate lo que quieras; pero yo no me tengo por vaga ni permito que me lo digan.
-Tú eres una calamidad; estás de un humor de perros porque no puedes sentarte en medio del lujo todo el tiempo.


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