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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.29

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-Es demasiado temprano y usted no querrá irse todavía -comenzó Jo, aliviada en su ansiedad, pero vacilando en aceptar la oferta. -Siempre me voy temprano. . ., ¡de veras! Permítame que las lleve a su casa; paso por allá, como usted sabe, y me han dicho que está lloviendo. Eso la decidió; diciéndole lo que le había ocurrido a Meg, Jo aceptó agradecida y subió corriendo a buscar el resto de la compañía. Hanna detestaba la lluvia tanto como un gato, así que no se opuso, y se fueron en el lujoso carrua­je, sintiéndose muy alegres y elegantes. Laurie subió al pescante, para que Meg pudiese descansar el pie en el asiento, y las chicas habla­
ron del baile a su gusto.
-Me he divertido mucho; ¿y tú? -preguntó Jo, desarreglando su cabello y sentándose cómodamente.
-Sí, hasta que me torcí el pie. La amiga de Sallie, Anna Moffat, simpatizó conmigo y me invitó a pasar una semana en su casa cuando vaya Sallie; Sallie irá durante la primavera, en la temporada de ópera, y será magnífico, si mamá me permite ir -respondió Meg, animándose al pensarlo.
-Te vi bailar con el hombre rubio, del cual me escapé; ¿era simpático?
-Mucho. Tiene el cabello color castaño, no rubio; estuvo muy cortés, y bailé una redoval deliciosa con él.
-Parecía un saltamontes cuando bailaba el paso nuevo. Laurie y yo no podíamos contener la risa. ¿Nos oíste?
-No, pero fue algo muy descortés. ¿Qué hacían escondidos allí tanto tiempo?
Jo contó su aventura, y cuando terminó estaban ya a la puerta de la casa. Después de dar a Laurie las gracias por su amabilidad, se despidieron y entraron a hurtadillas, con la esperanza de no despertar a nadie; pero apenas crujió la puerta de su dormitorio, dos gorritos de dormir aparecieron y dos voces adormiladas, pero ansiosas, gritaron:
-¡Cuenten del baile! ¡Cuenten del baile! Con lo que Meg describía como "gran falta de buenos mo-dales", Jo había guardado algunos dulces para las hermanitas, y pronto se callaron después de oír lo más interesante del baile.
-No parece sino que soy una verdadera señora, volviendo a casa en coche y sentándome en peina­dor con una doncella que me sirva -dijo Meg, mientras Jo le frotaba el pie con árnica y le cepillaba el cabello.
Y creo que Meg tenía razón.
CAPITULO 4


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