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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.28

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-Se lo diré a Laurie, él irá -dijo Jo, como quien tiene una idea feliz.
-¡No por favor! No pidas nada ni hables a nadie. Búscame mis chanclos y pon estos zapatos con nuestras cosas. No puedo bailar más; pero en cuanto se acabe la cena, espera a Hanna y avísame en cuanto llegue.
-Ahora van a cenar. Me quedaré contigo, lo prefiero.
-No, querida; ve y tráeme un poco de café. Estoy tan cansada que no puedo moverme.
Meg se reclinó con los chanclos bien escondidos, y Jo hizo su camino torpemente al comedor. Di­rigiéndose a la mesa, procuró el café, que volcó inmediatamente, poniendo el frente de su vestido tan malo como la espalda.
-¡Ay de mí! ¡qué atolondrada soy! -exclamó Jo, estropeando el guante de Meg al frotar con él la mancha del vestido.
-¿Puedo ayudarla? -dijo una voz amistosa. Era Laurie, con una taza llena en una mano y un plato de helado en la otra.
-Trataba de buscar algo para Meg, que está muy cansada; alguien me hizo tropezar, y aquí estoy hecha una calamidad -respondió Jo, echando una mirada desde la falda manchada al guante teñido de café.
-¡Qué lástima! Yo buscaba a alguien para darle esto. ¿Puedo llevárselo a su hermana?
-¡Muchas gracias! Lo guiaré a donde está. No me ofrezco a llevarlo yo misma, porque temo hacer otro desastre.
Jo fue adelante, y como si estuviera muy acostumbrado a servir a las señoras, Laurie acercó una mesita, trajo helado y café para Jo, y estuvo tan cortés, que hasta la exigente Meg lo calificó de "mu­chacho muy simpático".
Pasaron un buen rato con los caramelos, que tenían preguntas y respuestas, y estaban en medio de un juego tranquilo de "Susurro", con dos o tres jóvenes que se habían unido a ellos, cuando apareció Hanna.
Meg, olvidando su pie, se levantó tan rápidamente que tuvo que agarrarse de Jo, lanzando un que­jido. -¡Silencio! ¡No digas nada! -susurró, añadiendo en voz alta -: No es nada, me torcí un poco el pie, nada más -y bajó las escaleras cojeando para ponerse el abrigo. Hanna protestaba, Meg lloraba y Jo estaba desesperada, hasta que decidió tomar a su cargo las cosas. Corrió abajo, y al primer criado que encontró le preguntó si podía buscarle un coche.
Resultó ser un camarero nuevo, que no conocía la vecindad, y Jo estaba buscando ayuda por otro lado, cuando Laurie, que había oído lo que decía, vino a ofrecer el coche de su abuelo, que acababa de venir por él.


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