Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.26
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Ha dicho: "¿Quién es la señorita de los zapatos bonitos?»;
¿es así? -Oui, mademoiselle. -Es mi hermana Meg y usted lo sabía. ¿No le parece que es hermosa? -Sí, me recuerda a las chicas alemanas; tan fresca y tranquila parece; baila corno una señora.
Jo se sonrojó al oír tal elogio de su hermana, y lo guardó en la memoria para repetírselo a Meg. Ambos miraban, criticaban y charlaban, hasta que se encontraron tan a gusto como dos viejos amigos.
Pronto perdió Laurie su timidez, porque la manera varonil de Jo le divertía mucho y le quitaba to-do azoramiento, y ella recobró de nuevo su alegría, porque había olvidado el traje y nadie le arqueaba las cejas.
Le gustaba el muchacho Laurence más que nunca, y lo observó un poco para poder describirlo a sus hermanas; no teniendo hermanos y pocos primos, los chicos eran para ella criaturas casi desconocidas.
Pelo negro y rizado, cutis oscuro, ojos grandes y negros, nariz larga, dientes bonitos, las manos y los pies pequeños, tan alto como yo; muy cortés para ser chico y muy burlón. ¿Qué edad tendrá? Jo tenía la pregunta en la punta de la lengua; pero se contuvo a tiempo y, con tacto raro en ella, trató de descubrirlo de una manera indirecta.
-Supongo que pronto irá usted a la Universidad. Ya lo veo machacando en sus libros; quiero decir, estudiando mucho -y Jo se sonrojó por el terrible "machacando" que sé le escapara.
Laurie se sonrió y respondió, encogiéndose de hombros:
-Tardaré todavía dos o tres años; no iré antes de cumplir diecisiete.
-¿Pero no tiene usted más que quince años? -preguntó Jo, mirando al chico alto, a quien ella había dado diecisiete.
-Dieciséis el mes que viene.
-¡Cuánto me gustaría ir a la Universidad! Parece que a usted no le gusta.
-La detesto; nada más que trabajar o divertirse; y no me gusta la manera que tienen de hacerlo en este país.
-¿Qué le gusta a usted?
-Vivir en Italia, divertirme a mi modo.
Jo ansiaba preguntarle cuál era su modo; pero Laurie había fruncido las cejas de tal modo, que Jo cambió de asunto, diciendo:
-¡Qué polca magnífica! ¿Por qué no va a bailarla?
-Si viene usted conmigo -respondió él, haciendo una reverencia a la francesa.
-No puedo, porque le he dicho a Meg que no bailaría, porque.
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