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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.24

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La señora Gardiner, una señora anciana y majestuosa, las saludó amablemente y las dejó con la mayor de sus seis hijas. Meg conocía a Sallie y pronto perdió su timidez; pero Jo, que no gustaba de la compañía ni de la charla de las muchachas, se quedó recostada contra la pared, tan desorientada como, un potro en un jardín.
En otra parte de la sala, una media docena de muchachos hablaban de patines, y Jo quería unirse a ellos, porque patinar era uno de los placeres de su vida. Telegrafió su deseo a Meg, pero las cejas se arquearon de manera tan alarmante que no se atrevió a moverse. Nadie vino a hablar con ella y poco a poco se fue disolviendo el grupo que tenía más cerca, hasta dejarla sola. No podía ir de un lado a otro con el fin de divertirse, para que no se viera el paño quemado de la falda, de manera que se quedó mi­rando a la gente con aire de abandono hasta que comenzó el baile. Meg fue invitada inmediatamente, y los zapatos estrechos saltaban tan alegremente que nadie hubiera sospechado lo que hacían sufrir a quien los llevaba puestos. Jo vio a un muchacho alto de pelo rojo, que se acercaba al rincón donde ella estaba, y, temiendo una invitación a bailar, se ocultó detrás de unas cortinas, esperando ver a escondi­das desde allí y divertirse en paz. Por desgracia, otra persona tímida había escogido el mismo sitio, por­que al dejar caer la cortina tras sí, se encontró cara a cara con Laurence.
-¡Ay de mí!; no sabía que había aquí alguien -balbuceó Jo, disponiéndose a salir tan rápido como entrara.
Pero el chico se rió y dijo de buen humor, aunque parecía algo sorprendido: -No se preocupe por mí; quédese si quiere. ¿No le estorbaré a usted? -Ni lo más mínimo; vine aquí porque no conozco a mucha gente, y me sentía molesto, ¿sabe usted? -Y yo también. No se vaya, por favor, a no ser que lo prefiera.
El chico volvió a sentarse, con la vista baja, hasta que Jo, tratando de ser cortés, dijo:
-Creo que he tenido el placer de verlo antes. Vive usted cerca de nosotros, ¿no es así?
-En la casa próxima a la suya -contestó él, levantando los ojos y riéndose cordialmente, porque la cortesía de Jo le resultaba verdaderamente cómica al recordar cómo habían charlado sobre el criquet cuando él le devolvió el gato.


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