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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.23

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-Eso digo yo. ¡Era tan liso y hermoso! Pero pronto crecerá de nuevo -dijo Beth, corriendo a besar y consolar a la oveja esquilada.
Después de otros contratiempos menos graves, Meg terminó su tocado y, con ayuda de toda la fa­milia, Jo arregló su propio pelo y se puso el vestido. Estaban muy bien con sus sencillos trajes. Meg, de gris plateado con cinta de terciopelo azul, vuelos de encaje y el prendedor de perlas; Jo, de color casta-ño, con cuello planchado de caballero y unos crisantemos blancos por todo adorno. Cada una se puso un guante bonito y limpio y llevó en la mano otro sucio. Los zapatos de Meg, de tacones altos, le iban muy apretados y la lastimaban, aunque ella no quería reconocerlo; y a Jo le parecía llevar clavadas en la cabeza las diecinueve horquillas que sujetaban su cabellera, pero, ¿qué remedio?; había que ser elegan­te o morir.
- ¡Que se diviertan mucho, queridas mías! -dijo la señora March al verlas salir -. No coman dema­siado en la cena y vuelvan a las once, cuando mande a Hanna a buscarlas.
Cuando cerraban la puerta de la verja al salir, una voz les gritó desde la ventana:
-Niñas, ¿llevan los pañuelos bonitos?
-Sí, sí, los llevamos, y el de Meg huele a colonia -gritó Jo, y añadió riéndose: -Creo que mamá nos preguntaría eso aunque estuviésemos huyendo de un terremoto.
-Es uno de sus gustos aristocráticos, y tiene razón, porque, una verdadera señora se conoce siempre por el calzado limpio, los guantes y el pañuelo -respondió Meg.
-Ahora no olvides de mantener el paño malo de tu falda de modo que no se vea, Jo. ¿Está bien mi cinturón? ¿Se me ve mucho el pelo? -dijo Meg, al dejar de contemplarse en el espejo del tocador de la señora Gardiner, después de mirarse largo rato.
-Sé muy bien que me olvidaré de todo. Si me ves hacer algo que esté mal, avísame con un guiño ­respondió Jo, arreglándose el cuello y cepillándose rápidamente.
-No, una señora no guiña; arquearé las cejas si haces algo incorrecto, o un movimiento de cabeza si todo va bien. Ahora mantén derechos los hombros y da pasos cortos; no des la mano si te presentan a alguien: no se hace.
-¿Cómo aprendes todas estas reglas? Yo no puedo hacerlo nunca.
¡Qué movida es esa música! Bajaron la escalera sintiéndose algo tímidas, porque rara vez iban a reuniones de sociedad, y aunque aquélla no era muy formal, para ellas constituía un acontecimiento.


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