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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.22

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-Tus manos son más grandes que las mías y ensancharías mis guantes -comenzó a decir Meg.
-Entonces iré sin guantes. No me importa lo que diga la gente -gritó Jo, volviendo a tomar el libro.
-Puedes tenerlo, puedes tenerlo, pero no me lo ensucies y condúcete bien; no te pongas las manos a la espalda, ni mires fijamente a nadie; ni digas " ¡Cristóbal Colón!" ¿Sabes?
-No te preocupes por mí; estaré tan tiesa como si me hubiera tragado un molinillo, y no meteré la pata, si puedo evitarlo. Ahora contesta la carta y déjame en paz para acabar esta magnífica historia.
Meg se fue para "aceptar muy agradecida" la invitación, examinar su vestido y planchar su único cuello de encaje, mientras Jo, acabada la historia y las manzanas, jugaba con su ratón.
La noche de Año Nuevo la sala estaba vacía, porque las dos chicas jóvenes servían de doncellas a las dos mayores, que preparaban su indumentaria para el baile. Sencillos como eran los trajes, había mucho que ir y venir, reír y hablar, y por algún tiempo la casa olió a pelo quemado; Meg quería hacerse unos bucles y Jo se encargó de retorcerle con las tenacillas los rizos atados con papeles.
-¿Tienen que oler así? -preguntó Beth desde su asiento sobre la cama.
-Es la humedad que se seca -respondió Jo.
-¡Qué extraño! ¡Huele a plumas quemadas! -observó Amy, arreglando sus propios hermosos bucles con aire de superioridad. -¡Ahora voy a quitar los papelitos, y verás que bucles! –dijo Jo dejando las tenacillas. Quitó los papelitos, pero no aparecieron los bucles esperados, porque el pelo se había adherido al papel y lo había arrancado con él. -¡Oh, oh, oh! ¿Qué has hecho? ¡Me has estropeado el pelo! ¡No puedo ir! ¡Mi pelo! ¡Mi pelo! ­exclamó Meg, mirando los rizos desiguales sobre su frente.
-¡Es mi mala pata! No debías haberme pedido que lo hiciera, sabiendo que lo echo a perder todo. Lo siento mucho, pero es que las tenacillas estaban demasiado calientes -suspiró la pobre Jo, mirando con lágrimas de arrepentimiento el flequillo chamuscado.
-Tiene remedio: rízalos y ponte la cinta de manera que los extremos caigan un poquito sobre la frente y estarás a la moda. He visto a muchas chicas así -repuso Amy para consolarla.
-Esto me pasa por querer ponerme hermosa. ¡Ojalá hubiese dejado el pelo en paz! -gritó Meg.


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