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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.19

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Calurosos aplausos, inesperadamente reprimidos; la cama plegadiza, sobre la cual estaba construi­do el palco, se cerró súbitamente atrapando debajo a los entusiasmados espectadores. Rodrigo y don Pedro acudieron presurosos a libertarlos, y sacaron a todos sin daño, aunque muchos no podían hablar de tanto reírse.
Apenas se había calmado la agitación, cuando apareció Hanna, diciendo que la señora March ro­gaba a las señoritas que bajasen a cenar.
Cuando vieron la mesa, todas se miraron alegremente asombradas.
Era de esperar que su madre les diera una pequeña fiesta, pero cosa tan magnífica como aquélla no se había visto desde los pasados tiempos de abundancia. Había mantecados de dos clases, de color rosa y blanco, y pastelillos, frutas y dulces franceses muy ricos, y, en medio de la mesa, cuatro ramos de flores de invernadero.
La sorpresa las dejó mudas; miraban estupefactas a la mesa, y después a su madre, que parecía dis­frutar muchísimo del espectáculo.
-¿Lo han hecho las hadas? -preguntó Amy.
-Ha sido San Nicolás -dijo Beth.
- Mamá lo hizo-repuso Meg, sonriendo dulcemente, a pesar de la barba cana que todavía llevaba
puesta.
-La tía March tuvo una corazonada y ha enviado la cena -gritó Jo, con inspiración súbita.
-Todas se equivocan; el viejo señor Laurence lo envió -respondió la señora March.
-¿El abuelo de ese muchacho Laurence? ¿Cómo se le habrá ocurrido tal cosa? ¡Si no lo conocemos! -exclamó Meg.
-Hanna contó a uno de sus criados lo que hicieron con su desayuno; es un señor excéntrico, pero eso le gustó. Conoció a mi padre hace muchos años, y esta tarde me envió una carta muy amable para decir que esperaba que le permitiese expresar sus sentimientos amistosos hacia mis niñas, enviándoles unas pequeñeces, con motivo de la festividad del día. No podía rehusar, y es así como tienen esta noche una pequeña fiesta para compensarlas del desayuno de pan y leche.
-Ese muchacho ha puesto la idea en la cabeza de su abuelo; estoy segura de esto. Es muy simpáti­co, y me gustaría que nos tratáramos.
Parece que quisiera tratarnos; pero es tímido; y Meg es tan correcta, que no me permite hablar con él cuando nos encontramos -dijo Jo, mientras circulaban los platos y los helados empezaban a desaparecer entre un coro de exclamaciones alegres.
-¿Quieres decir la gente que vive en la casa grande de al lado? -preguntó una de las chicas -.


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