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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.17

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Dando las gracias, y poniendo las pociones en sus botas, se retiró Hugo, y Hagar puso en conocimiento de los oyentes que, por haber él matado a algunos amigos suyos en tiempos pasados, ella le había echado una maldición, y había
decidido contrariar sus planes, vengándose así de él. Entonces cayó el telón y los espectadores des­cansaron chupando caramelos y discutiendo los méritos de la obra.
Antes de que el telón volviera a levantarse se oyó mucho martilleo; pero cuando se vio la obra maestra de tramoya que habían construido, nadie se quejó de la tardanza. Era verdaderamente maravi­llosa. Una torre se elevaba al cielo raso; a la mitad de su altura aparecía una ventana, en la cual ardía una lámpara, y detrás de la cortina blanca estaba Zara, vestida de azul con encajes de plata, esperando a Rodrigo.
Llegó él, ricamente ataviado, sombrero adornado con plumas, capa roja, una guitarra, y, naturalmente, las botas famosas. Al pie de la torre cantó una serenata con tonos cariñosos. Zara respondió, y, después de un diálogo musical, ella consintió en fugarse con él. Entonces llegó el efecto supremo del drama. Rodrigo sacó una escala de cuerda de cinco escalones, le echó un extremo y la invitó a descen­der. Tímidamente se deslizó de la reja, puso la mano sobre el hombro de Rodrigo, y estaba por saltar graciosamente cuando, ¡pobre Zara!, se olvidó de la cola de su falda. Esta se enganchó en la ventana; la torre tembló, doblándose hacia adelante, y cayó con estrépito, sepultando a los infelices amantes entre las ruinas.
Un grito unánime se alzó cuando las botas amarillas salieron de entre las ruinas, agitándose furio­samente, y una cabeza rubia surgió, exclamando: « ¡Ya te lo decía yo!" "¡Ya te lo decía yo!» Con admi­rable presencia de ánimo, don Pedro, el padre cruel, se precipitó para sacar a su hija de entre las ruinas, con un aparte vivo: ¡No se rían, sigan como si tal cosa!"; y ordenando a Rodrigo que se levantara, lo desterró del reino con enojo y desprecio. Aunque visiblemente trastornado por la caída de la torre, Ro­drigo desafió al anciano caballero, y se negó a marcharse.
Este ejemplo audaz animó a Zara; ella también desafió a su padre, que los mandó encerrar en los calabozos más profundos del castillo.
Un escudero pequeño y regordete entró con cadenas y se los llevó, dando señales de no poco susto y olvidándose de recitar su papel.


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