Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.15
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La señora March estaba sorprendida y conmovida, y sonrió, con los ojos llenos de lágrimas, al examinar sus regalos y leer las líneas que los acompañaban. Inmediatamente se calzó las zapatillas, puso un pañuelo nuevo en el bolsillo, empapado con agua de colonia, se prendió la rosa en el pecho y dijo que los guantes le iban muy bien.
Hubo no pocas risas, besos y explicaciones, en la manera cariñosa y simple que hace tan gratas en su momento estas fiestas de familia y dejan un recuerdo tan dulce de ellas. Después todas se pusieron a trabajar.
Las caridades y ceremonias de la mañana habían llevado tanto tiempo, que el resto del día hubo que dedicarlo a los preparativos de los festejos de la tarde. No teniendo dinero de sobra para gastarlo en funciones caseras, las chicas ponían en el trabajo su ingenio, y como la necesidad es madre de la invención, hacían ellas misma todo lo que necesitaban. Y algunas de sus producciones eran muy ingeniosas.
Guitarras fabricadas con cartón, lámparas antiguas hechas de mantequeras viejas, cubiertas con papel plateado, magníficos mantos de algodón viejo, centelleando con lentejuelas de hojalata y armaduras cubiertas con las recortaduras de latas de conserva. Los muebles estaban acostumbrados a los cam-bios constantes y el cuarto grande era escena de muchas diversiones inocentes.
No se admitían caballeros, lo cual permitía a Jo hacer papeles de hombre y darse el gusto de ponerse un par de botas altas que le había regalado una amiga suya, que conocía a una señora parienta de un actor. Estas botas, un antiguo florete, un chaleco labrado que había servido en otro tiempo en el estudio de un pintor, eran los tesoros principales de Jo, y los sacaba en todas las ocasiones. A causa de lo reducido de la compañía, los dos actores principales se veían obligados a tomar varios papeles cada uno, y, ciertamente, merecían elogios por el gran trabajo que se tomaban para aprender tres o cuatro papeles diferentes, cambiar tantas veces de traje, y, además, ocuparse en el manejo del escenario. Era un buen ejercicio para sus memorias, una diversión inocente y les ocupaba muchas horas, que de otro modo hubiesen estado perdidas, solitarias o pasadas en compañía menos provechosa.
La noche de Navidad una docena de chicas se agruparon sobre la cama, que era el palco, enfrente de las cortinas de cretona azul y amarillo, que hacían de telón.
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