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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.14

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Un cuarto vacío y miserable, con las ventanas rotas, sin fuego en el hogar, las sábanas hechas jirones, una madre enferma, un recién nacido que lloraba y un grupo de niños pálidos y flacos debajo de una vieja colcha, tratando de calentarse. ¡Cómo abrieron los ojos y sonrieron al entrar las chicas! - ¡Ah, Dios mío! ¡Ángeles buenos vienen a ayudarnos! -exclamó la pobre mujer, llorando de alegría.
-Vaya unos ángeles graciosos con tocas y mitones -dijo Jo, haciendo reír a todos.
En pocos minutos pareció que hubieran trabajado allí buenos espíritus.
Hanna, que había traído leña, encendió fuego y suplantó los vidrios rotos con sombreros viejos y
su propia toquilla. La señora March dio té y leche a la mujer, y la confortó con promesas de ayuda, mientras vestía al niño pequeño tan cariñosamente como si hubiese sido su propio hijo. Mientras las chicas ponían la mesa, agrupaban a los niños alrededor del fuego y les daban de comer como si fuesen pájaros hambrientos, riéndose, hablando y tratando de comprender el inglés chapurreado y cómico que hablaban, porque era una familia de inmigrantes.
- ¡Qué bueno es esto! ¡Los ángeles benditos! -exclamaban los pobrecitos, mientras comían y se ca­lentaban las manos al fuego.
Jamás, antes, las chicas habían recibido el nombre de ángeles, y lo encontraron muy agradable, especialmente Jo, a quien, desde que nació, todas la habían considerado un "Sancho". Fue un desayuno muy alegre, aunque no participaran de él; y cuando salieron, dejando atrás tanto consuelo, no había en la ciudad cuatro personas más felices que las niñas que renunciaran a su propio desayuno y se contentaran con pan y leche en la mañana de Navidad.
-Eso se llama amar a nuestro prójimo más que a nosotros mismos, y me gusta -dijo Meg, mientras sacaban sus regalos aprovechando el momento en que su madre subiera a buscar vestidos para los hombres Hummel.
No había mucho que ver, pero en los pocos paquetes había mucho cariño; y el florero alto, con ro­sas rojas, crisantemos y hojas, puesto en medio de los regalos, daba una apariencia elegante a la mesa.
-¡Qué viene mamá! ¡Toca, Beth! ¡Abre la puerta, Amy!
-¡Tres "vivas" a mamá! -gritó Jo, dando saltos por el cuarto, mientras Meg se adelantaba para con­ducir a la señora March a la silla de honor.
Beth tocó su marcha más viva. Amy abrió la puerta y Meg escoltó con mucha dignidad a su madre.


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