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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.10

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-Sí, la tengo; la mía es sentirme disminuida y envidiar a las que tocan pianos bonitos y tener miedo de la gente.
La carga de Beth era tan cómica que a todos dio ganas de reír; pero nadie lo hizo, porque se hubie­ra ofendido mucho.
-Hagamos esto -dijo Meg, pensativa -. Es solamente otro nombre para tratar de ser buenas, y la his­toria puede ayudarnos; aunque lo deseamos, ser buenas es algo difícil, nos olvidamos, y no nos esfor­zamos.
-Esta noche estábamos en el Pantano del Abatimiento y vino mamá, y nos sacó de él, como en el libro lo hizo el hombre que se llamaba Auxilio. Deberíamos tener nuestro rollo de aviso como Cristia­no. ¿Qué haremos para eso? -preguntó Jo, encantada con la idea que prestaba algo de romanticismo a la tarea poco interesante de cumplir con su deber.
-Busquen debajo de la almohada en la mañana de Navidad, y encontrarán su guía -respondió la se­ñora March.
Discutieron el proyecto nuevo, mientras la vieja Hanna levantaba la mesa; después salieron las cuatro cestillas de costura, y volaron las agujas mientras las chicas cosían sábanas para la tía March. El trabajo era poco interesante pero esta noche nadie se quejó. Habían adoptado el plan ideado por Jo, de dividir las costuras largas en cuatro partes, que llamaban Europa, Asia, África y América; de esta mane-ra hacían mucho camino, sobre todo cuando hablaban de los países diferentes según cosían a través de ellos. A las nueve dejaron el trabajo y cantaron, como acostumbraban, antes de acostarse. Nadie sino Beth podía sacar música del viejo piano; pero ella tenía una manera especial de tocar las teclas amari­llas y componer un acompañamiento para las canciones simples que cantaban. Meg tenía una voz aflau­tada y ella, con su madre, dirigían el pequeño coro. Amy chirriaba como un grillo. Jo cantaba a su gus­to, poniendo alguna corchea o algún silencio donde no hacía falta. Siempre habían cantado por la noche desde el tiempo en que apenas sabían hablar:
Centellead, centellead, estrellitas y esto se había convertido en una costumbre de familia, porque la madre era cantora por naturaleza. Por la mañana, lo primero que se oía era su voz, mientras andaba por la casa cantando como una alondra; y por la noche, el último sonido era la misma voz alegre, por­que las chicas no parecían nunca demasiado mayores para aquella conocida canción de cuna.


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