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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.9

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Beth no dijo nada, pero secó sus lágrimas con el calcetín del ejército y se puso a trabajar con todas sus fuerzas, no perdiendo tiempo en hacer lo que tenía más cerca de ella, mientras decidía en su corazón ser como su padre lo deseaba cuando al cabo de un año pudiera regresar felizmente a su casa.
La señora March rompió el silencio que siguió a las palabras de Jo, diciendo con voz alegre:
-¿Sé acuerdan de cómo representaban "El Peregrino" cuando eran pequeñas? Nada les gustaba tan­to como que les pusiera hatillos de trapos a la espalda para representar la carga, les hiciera sombreros, bastones y rollos de papel y las dejara viajar a través de la casa, desde la bodega, que era la Ciudad de Destrucción, hasta la boardilla, donde tenían todas las cosas bonitas que podían encontrar para construir una Ciudad Celestial.
- ¡Qué divertido era, especialmente cuando nos acercábamos a los leones, peléabamos con Apolo y
pasábamos por el valle donde estaban los duendes! -dijo Jo.
-A mí me gustaba el lugar donde las cargas caían y rodaban escalera abajo -murmuró Meg.
-Mi parte favorita era cuando salíamos a la azotea donde estaban nuestras flores, enramadas y cosas bonitas y nos parábamos y cantábamos de alegría allá arriba al sol -dijo Beth, sonriéndose, como si aquel momento feliz hubiera vuelto.
-Yo no recuerdo mucho, pero sí que tenía miedo de la bodega y de la entrada oscura, y siempre me gustaban los pastelitos y la leche que tomábamos allá arriba. Si no fuera ya mayor para tales niñerías, me gustaría mucho representarlo otra vez -susurró Amy, que hablaba de renunciar a niñerías a la edad madura de doce años. -No somos demasiado mayores para ese juego, querida mía, porque es un entretenimiento al que siempre jugamos de una manera u otra.
Nuestras cargas están aquí, nuestro camino está delante de nosotras y el deseo de bondad y felici­dad es el guía que nos dirige a través de muchas penas y equivocaciones hasta la paz, que es una verda­dera Ciudad Celestial.
Ahora, peregrinitas mías, vamos a comenzar de nuevo, no para divertimos, sino de veras, y vere­mos hasta dónde pueden llegar antes de que vuelva papá.
-Pero, mamá ¿dónde están nuestras cargas? –preguntó Amy, que tomaba todo al pie de la letra.
-Cada uno ha dicho hace un momento cuál era su carga, menos Beth; en mi opinión no tiene nin­guna -dijo su madre.


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