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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.8

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-Debe ser muy desagradable dormir en una tienda de campaña y comer toda clase de cosas que tie­
nen mal gusto y beber en una lata -murmuró Amy -¿Cuándo volverá, mamá? -preguntó Beth, con voz temblorosa. -No por mucho tiempo, querida mía, a menos que esté enfermo. Quedará para hacer fielmente su trabajo mientras pueda, y no le pediremos que vuelva un minuto antes de que puedan pasarse sin él. Ahora, oigan lo que dice la carta.
Todas se acercaron al fuego, la madre en la butaca, Beth a sus pies, Meg y Amy sentadas sobre los brazos de la silla y Jo apoyándose en el respaldo, de manera que nadie pudiera ver ninguna señal de emoción si la carta tenía algo conmovedor.
En aquel tiempo duro se escribían muy pocas cartas que no conmovieran, especialmente entre las enviadas a casa de los padres. En esta carta se decía poco de las molestias sufridas, de los peligros afrontados o de la nostalgia a la cual había que sobreponerse; era una carta alegre, llena de descripcio­nes de la vida del soldado, de las marchas y de noticias militares; y sólo hacia el final el autor de la car-ta dejó brotar el amor paternal de su corazón y su deseo de ver a las niñas que había dejado en casa.
"Mi cariño y un beso a cada una. Diles que pienso en ellas durante el día, y por la noche oro por ellas, y siempre encuentro en su cariño el mejor consuelo. Un año de espera para verlas parece intermi­nable, pero recuérdales que, mientras esperamos, podemos todos trabajar, de manera que estos días tan duros no se desperdicien. Sé que ellas recordarán todo lo que les dije, que serán niñas cariñosas para ti, que cuando vuelva podré enorgullecerme de mis mujercitas más que nunca.» Todas se conmovían algo al llegar a esta parte, Jo no se avergonzó de la gruesa lágrima que caía sobre el papel blanco, y Amy no se preocupó de que iba a desarreglar sus bucles al esconder la cara en el seno de su madre y dijo sollozando:
-¡Soy egoísta! Pero trataré de ser mejor para que no se lleve un chasco conmigo.
-¡Trataremos todas!-exclamó Meg -. Pienso demasiado en mi apariencia y detesto trabajar, pero no lo haré más si puedo remediarlo.
-Trataré de ser lo que le gusta a él llamarme "una mujercita", y no ser brusca y atolondrada; cum­pliré aquí con mi deber en vez de desear estar en otra parte -dijo Jo, pensando que dominarse a sí mis-ma era obra más difícil que hacer frente a unos rebeldes.


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