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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.7

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No era una persona de especial hermosura; pero para los hijos las madres son siempre hermosas, y las chicas pensaban que aquella capa gris y aquel sombrero pasado de moda cubrían la mujer más espléndida del mundo.
-Bueno, queridas mías, ¿cómo lo han pasado hoy? Había tanto que hacer preparando los cajones para enviarlos mañana, que no volví para la comida. ¿Ha venido alguien, Elizabeth? ¿Cómo está tu resfriado, Margaret? Jo, pareces muy fatigada. Ven y dame un beso, niña.
Mientras hacía estas preguntas maternales, la señora March se ponía las zapatillas calientes, y, sen­tándose en la butaca, puso a Amy sobre sus rodillas, disponiéndose a gozar de su hora más feliz del día. Las muchachas iban de un lado a otro, tratando de poner todo en orden, cada una a su modo. Meg pre­paró la mesa para el té; Jo trajo la leña y puso las sillas, dejando caer volcando y haciendo ruido con todo lo que tocaba; Beth iba y venía de la sala a la cocina, y Amy daba consejos a todas mientras estaba sentada con las manos cruzadas.
Mientras se sentaban a la mesa, la señora March dijo, sonriéndose:
-Tengo una grata sorpresa para después de la cena.
Una sonrisa feliz pasó de cara en cara como un rayo de sol. Beth palmoteó, sin hacer caso de la ga­lleta caliente que tenía, y Jo sacudió la servilleta, exclamando:
- ¡Carta! ¡Carta! ¡Tres vivas para papá!
-Sí, una carta larga. Está bien, y piensa que soportará el frío mejor de lo que pensamos. Envía toda clase de buenos deseos para Navidad, y un mensaje especial para sus hijas -dijo la señora March acariciando el bolsillo como si tuviera en él un tesoro.
-Coman rápido. No te detengas para dar vueltas al dedo meñique y comer con afectación, Amy gri­tó. Jo, ahogándose al beber el té y dejando el pedazo de pan, que cayó sobre la alfombra por el lado de la mantequilla; muy excitada por la sorpresa. Beth no comió más, yendo a sentarse en un rincón oscuro para soñar con el placer venidero hasta que las otras estuviesen listas.
-Creo que papá hizo una cosa magnífica marchando como capellán cuando era demasiado viejo pa­ra alistarse y no bastante fuerte para ser soldado -dijo Meg animosa.
-Yo quisiera ir de tamborcillo, o de cantinero, o de enfermera, para estar cerca y ayudarle -exclamó Jo, suspirando.


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