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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.6

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Ven aquí, Amy, y repite la escena donde te desmayas, porque te pones tiesa como una estaca al hacerlo.
-No es culpa mía; jamás he visto a nadie desmayarse y no me gusta ponerme pálida cayendo de es­palda como tú lo haces. Si no puedo hacerlo fácilmente, me dejaré caer con gracia en una silla; no me importa que Hugo se acerque a mí con una pistola -dijo Amy, que no tenía talento dramático, pero a quien habían escogido porque era pequeña y el protagonista podía llevársela en brazos.
-Hazlo de esta manera; aprieta las manos así, y ve tambaleándote a través del cuarto, gritando lo­camente: ¡Rodrigo! , ¡sálvame! , ¡sálvame! -y Jo lo hizo, dando un chillido verdaderamente melodramático.
Amy procuró imitarla, pero extendió las manos con demasiada rigidez, caminó mecánicamente y su exclamación sugirió que la pinchaban con alfileres en lugar de demostrar terror y angustia. Jo suspi­ró con desesperación, y Meg se rió a carcajadas, mientras Beth dejaba quemar el pan por mirar lo que pasaba.
- ¡Es inútil! Sal lo mejor que puedas cuando llegue el momento, y si el público silba no me eches la culpa. Vamos, Meg. Todo lo demás se deslizó sin tropiezo, porque don Pedro desafió al mundo entero en un parlamen­to de dos páginas sin interrupción. Hagar, la bruja, se encorvó sobre su caldero de efecto mágico. Rodrigo rompió sus cadenas como un valiente, y Hugo murió de remordimiento lanzando exclamaciones incoherentes.
-Es lo mejor que hemos hecho hasta ahora -dijo Meg, mientras el traidor se incorporaba frotándose los codos. -No comprendo cómo puedes escribir y representar cosas tan magníficas, Jo. ¡Eres un verdadero Shakespeare! -dijo Beth.
-No lo soy -respondió Jo humildemente -. Creo que "La Maldición de la Bruja" está bastante bien; pero me gustaría tratar de representar Macbeth si tuviéramos una trampa para Banquo. Siempre he de­seado un papel en el cual tuviera que matar a alguien. ¿Es un puñal eso que veo delante de mí? ­murmuró Jo girando los ojos, y con ademán de asir algo en el aire, como lo había visto hacer a un actor famoso.
-No, son las parrillas con las zapatillas de mamá encima en lugar del pan. ¡Beth está embobada por la escena! -exclamó Meg, y el ensayo terminó con una carcajada general.
-Me alegro de encontrarlas tan divertidas, hijas -dijo una voz resuelta en la puerta, y actores y espectadores se volvieron para recibir a una señora algo regordeta, maternal, cuyos ojos parecían decir "¿puedo ayudarlo?", con aire verdaderamente encantador.


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