Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.3
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-Realmente, hijas mías, ambas merecen censura -dijo Meg poniéndose a corregir a sus hermanas con el aire propio de hermana mayor -. Tienes ya edad, Jo, de dejar trucos de muchachos y conducirte mejor.
No importaba tanto cuando eras una niña pequeña, pero ahora que eres tan alta y te has puesto moño, deberías recordar que eres una señorita.
-¡No lo soy! ¡Y si el ponerme moño me hace señorita, me arreglaré el pelo en dos trenzas hasta que tenga veinte años! -gritó Jo, quitándose la red del pelo y sacudiendo una espesa melena de color castaño -. Detesto pensar que he de crecer y ser la señorita March, vestirme con faldas largas y ponerme primo-rosa. Ya es bastante malo ser chica, gustándome tanto los juegos, las maneras y los trabajos de los muchachos.
No puedo acostumbrarme a mi desengaño de no ser muchacho, y menos ahora que me muero de ganas de ir a pelear al lado de papá y tengo que permanecer en casa haciendo calceta como una vieja cualquiera
-y Jo sacudió el calcetín azul, el color del ejército, hasta sonar todas las agujas, dejando rodar el ovillo hasta el otro lado del cuarto.
-¡Pobre Jo! Lo siento mucho, pero no podemos remediarlo; tendrás que contentarte con dar a tu nombre forma masculina y jugar a que eres hermano nuestro - contestó Beth acariciando la cabeza tosca puesta sobre sus rodillas, con una mano cuyo suave tacto no habían logrado destruir todo el fregar de platos y todo el trabajo doméstico.
-En cuanto a ti, Amy -dijo Meg -, eres demasiado afectada y presumida.
Ahora tus modales causan gracia, pero llegarás a ser una persona muy tonta si no tienes cuidado. Me gustan mucho tus modales agradables cuando no tratas de ser elegante, pero tus palabras exóticas son tan malas como la jerga de Jo.
-Si Jo es un muchacho y Amy algo afectada, ¿qué soy yo, si se puede saber? -preguntó Beth dispuesta a recibir su parte de la reprimenda.
-Tú eres una niña querida, y nada más -respondió Meg calurosamente y nadie la contradijo, porque el "ratoncito" era la favorita de la familia.
Como nuestros lectores jóvenes querrán formarse una idea del aspecto de nuestras heroínas, aprovecharemos para trazar un dibujo de las cuatro hermanas ocupadas en hacer calceta en un crepúsculo de diciembre, mientras fuera caía silenciosamente la nieve y dentro de la casa chisporroteaba alegremente el fuego.
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