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Los Muchachos de Jo (Louisa May Alcott) - pág.46

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Dan marchó a la fonda, y a poco volvió a aparecer con dos hombres cargados con los trofeos que había reunido en sus correrías por las comarcas habitadas por las tribus indias independientes del norte de América, y que traía como recuerdo a sus amigos y educadores.
-Nos va a devorar la polilla -pensó tía Jo, cuando vio que sacaban de los fardos las pieles de oso y lobo que Dan les traía para los pies. También les trajo a las chicas una porción de adornos de indias, rodelas y armas de los indios para el profesor, y para los muchachos otros varios objetos.
Era el primer día de fiesta de las vacaciones de verano, y cualquier observador podía ver sin fijarse mucho la agitación que Dan y Emil habían introducido en la pacífica y estudiosa comunidad; pues parecía que estos dos jóvenes habían traído con ellos una brisa agradable y fresca, que animaba y vivificaba a todas aquellas buenas gentes. Muchos de los colegiales permanecieron allí todo el tiempo de las vacaciones, y Plumfield y el Parnaso hicieron cuanto pudieron para que aquellos días resultasen lo más agradable posible para ellos, porque la mayor parte de los estudiantes vivían en Estados muy distantes de allí, y no se les ofrecía siempre la oportunidad de divertirse, por ser muchos de ellos de familias pobres. Emil era vivaracho y locuaz, y tenía gran partido entre las muchachas, pero Dan permanecía entre ellas callado, con la vista fija como el águila en una bandada de palomas; con los chicos era más expresivo, y todos lo querían y admiraban como a un héroe. Andaba ahora tratando de aprender en los libros lo necesario para poder explicar lo que había aprendido en la madre Naturaleza; no dejaba, sin embargo, de gustar bastante a las muchachas, que le llamaban el "español" por el color moreno de su cara, y sus hermosos ojos negros, que eran mucho más elocuentes que su lengua, y le demostraron en mil ocasiones y mil modos el aprecio en que le tenían.
Comprendiólo él, y procuró hacerse digno de este aprecio y deferencias, hablando más pausadamente con ellas, tratándolas con más consideración y respeto que en un principio, y observando siempre el efecto que producían sus palabras y modales. Fue olvidando poco a poco la vida de California y de cazador, se despertó en él el deseo de aprender, se aficionó a la música y demás diversiones de aquellas sencillas e inocentes muchachas, y, paulatinamente y sin notarlo, se fue convirtiendo en un hombre muy diferente de lo que era cuando vino de su última y larga correría.


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