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Los Muchachos de Jo (Louisa May Alcott) - pág.43

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-Cuando considero lo tan diferentes que son hoy a cuando los admitimos en el colegio, veo que, efectivamente, hay para estar orgullosos de nuestra obra - contestó Laurie con sobriedad, al ver relucir una cabecita rubia entre el grupo de las demás, iluminadas todas por el resplandor de la luna.
-Yo de las chicas no me cuido, porque con Meg, que tiene más paciencia que yo, hay bastante, pero a los muchachos los voy queriendo cada día más, y quisiera verlos a todos reunidos, establecidos y tranquilos; pero ellos huyen de aquí tan pronto como se ven aptos para manejarse solos, y no vienen
a verme tan a menudo como yo quisiera. ¿Qué te ha parecido Dan? -preguntó, por último, tía Jo a su cuñado.
-Muy bien, muy bien, Jo; es un gran muchacho; puliéndolo un poco lo convertiríamos en un verdadero gentleman, y sabe Dios lo que todavía llegará a ser entre nosotros - contestó el señor Laurie, dejándose caer en la silla de la señora Bhaer, en la misma forma que lo hacía cuando era un joven despreocupado y secreteaban los dos.
-Sería imposible, Laurie; la sangre le hierve en las venas, y no podría avenirse con la vida tranquila que nosotros llevamos; déjate de pulimentos, que lo que él desea es libertad, mucha libertad; trabajar, sí, pero en espacios abiertos de muchos cientos de kilómetros cuadrados. Nos quiere muchísimo, y haría cualquier disparate por nosotros; por eso conviene no perderlo de vista hasta que sea mayor y pierda parte de las energías que le sobran.
Tía Jo hablaba así, porque conocía a Dan más que nadie y sabia lo que le convenía. Tenía, además, la seguridad de que antes de volverse a marchar, le había de dar a entender sus intenciones, y le había de pedir su parecer; así es que, por ahora, no pensaba hacer más que observarlo mientras estuviera con ellos, y ver a lo que más se inclinaba. -Dan, trae un traje de india para mí, así podré
hacer el papel de Namícea cuando representemos a "Metamora" -dijo Josie batiendo palmas. -Dan, no olvides traerle a Bess una cabeza entera de búfalo -añadió Nan.
-Ya lo creo, modelará cosas más interesantes que aquellos monigotes que modelaba antes ­contestó Dan irreverentemente al recordar los primeros trabajos de Bess.
-Mira, pues te lo agradeceré mucho, porque si no me sale bien el trabajo pondremos en el salón la cabeza de búfalo que me mandes, y así recordaremos mejor la tuya –dijo Bess, indignada por el insulto a sus ídolos de barro, pero, debido a su educación, pronunció todas estas palabras con cierta suavidad dulce y fría, como los helados de crema.


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