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Los Muchachos de Jo (Louisa May Alcott) - pág.34

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La recepción no duró mucho tiempo, y el final fue mejor que el comienzo, porque la lluvia había cesado, apareciendo sobre las cabezas de los muchachos un hermoso arco iris, mientras que, des­cubiertos, entonaban en la calle, a coro, un melodioso canto de despedida. Era un feliz presagio para los chicos el que el cielo les enviaba en ese momento, como queriendo decirles que después de la lluvia y el barro sale el sol para todos.
Después de terminado el canto de despedida dieron tres hurras y se marcharon contentos, dejando en la familia un agradable recuerdo con las manchas de barro de las alfombras, los baldes casi llenos con el agua que había escurrido de los paraguas y otras muchas menudencias por el estilo.
-No ha estado del todo mal, y no siento la media hora que me han hecho perder; en medio de todo, hay que agradecerles a esos pobres chicos aplicaditos el que hayan venido de fuera a felicitarme; pero sí deseo que nadie me interrumpa ya en mi trabajo hasta la hora del té - dijo Jo a Mary, su sirvienta, porque su marido y sus hijos se habían marchado con los huéspedes y Josie había ido a contar a su madre lo ocurrido.
Reinó en la casa completa tranquilidad durante una hora, al cabo de la cual volvió a sonar la campanilla, y Mary subió corriendo a decir a su señora que una mujer muy extraña preguntaba si le permitían cazar saltamontes en el jardín.
-¿Qué dice usted? - preguntó, dejando caer la pluma, porque aquella pregunta era la más extraña de todo el día.
-Saltamontes o langostas, señora; yo no sé más que lo que dice; le he contestado que usted está muy ocupada y no puede ver a nadie, y ella insiste en que desea hablar con usted para ver si le da permiso para cazar algunos de esos insectos para un naturalista que le había dado ese encargo, y que ya lleva cazados muchos, pero que ahora los quiere precisamente de este jardín.
-Dígale usted que se los lleve todos, y le daremos las gracias, así no pasarán zumbando por nuestras caras ni se pegarán a nuestros vestidos - contestó Jo sonriendo.
Mary se retiró, para volver al momento sin poder contener la risa con el nuevo pedido que traía.
-Ahora dice, señora, que si le podríamos dar unas medias viejas de usted o alguna cosa con que golpear la hierba.


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