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Los Muchachos de Jo (Louisa May Alcott) - pág.20

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-Sí, todo va admirablemente; conozco a la muchacha y a su familia. Los Blumenthal son alemanes como yo; así quedará más unida la patria vieja con la nueva. Franz será feliz.
-Pues mira, Emil será segundo piloto en el viaje próximo; ¿no te parece hermoso todo esto? Yo estoy contentísima porque veo que todos nuestros chicos se irán colocando, y todos serán felices - dijo Jo, poniendo una mano sobre la de su marido con tanta dulzura y cariño, que parecía que habían vuelto de pronto a la época del noviazgo.
El profesor se sonrió y principió a hablarle al oído, tapándose con el abanico de ella.
-Si yo no hubiese venido a América, nunca hubiera encontrado a mi queridísima Jo; los tiempos duros pasaron, la bendición de Dios nos ha alcanzado y la vida me es dulcísima a tu lado.
-¡Preparen las cucharas, que se están haciendo el amor aquí! -gritó Teddy, poniéndose de pie en la silla, en el momento más interesante, con gran turbación de su madre y con gran alegría de su padre; porque el profesor no se avergonzaba nunca de pregonar que seguía considerando a su mujer como el ser más querido del mundo. Rob corrió por otro lado a ver qué pasaba detrás del abanico, ´mientras que la señora Jo lo cerraba y se preparaba a pegar con él en los nudillos de los muchachos importunos.
A una señal del señor Bhaer, se acercó Nat a los esposos y esperó de pie, con la cara llena de satisfacción placentera debido al gran cariño que sentía por aquel hombre superior que tanto había hecho por él.
-Aquí tengo las cartas de recomendación para ti, hijo mío. Todas ellas son para antiguos amigos míos de Leipzig, que te ayudarán en todo lo que puedan en tu nueva vida. Tórnalas, y no te aflijas, Nat -dijo el profesor entregándoselas.
-Muchísimas gracias, señor. No puedo por menos de afligirme, porque ahora, sin ustedes, estaré muy solo en el mundo, hasta que no adquiera relaciones y me abra paso con la música ­contestó Nat con vacilante voz, al pensar que tenía que separarse de aquellos amigos tan bondadosos.
Nat era ya un hombre; pero sus ojos azules seguían siendo tan modestos y humildes como antes, aunque su frente se había desarrollado mucho y en ella se podía leer la gran afición que el joven sentía por la música.


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