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Los Muchachos de Jo (Louisa May Alcott) - pág.4

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La tía Jo se enfurecía cuando oía decir que habría un periodista en la familia, y lo instaba para que desistiera de su idea, pero el mu­chacho callaba y seguía firme en sus trece. No le disgustaban a Jo las tendencias literarias de su sobrino, pero lo que no quería de ningún modo es que pensara en los periódicos. Su tío Laurie, en cambio, le animaba para que lo fuera, y le pintaba la cosa de tal manera, que no había en el mundo carrera más brillante ni mejor que la del periodismo; le decía que Dickens y otras muchas celebridades empezaron así y llegaron a ser famosos novelistas de renombre universal.
Las muchachas prosperaban mucho. Daisy seguía siendo tan dulce como antes; era el consuelo, la compañera de su madre. Josie, a los catorce años de edad, era la joven más original del mundo; llena de rarezas y peculiaridades, la última de ellas era la gran pasión que se había despertado en ella por la escena, que causaba a su madre y a su hermana gran inquietud, pero al mismo tiempo gran diversión. Bess había crecido mucho, se había hecho una hermosa muchacha, pero aparentaba más años de los que realmente tenía, y seguía con su aire de princesita, habiendo heredado algo de esto de su madre y de su padre, aumentándolo después con el excesivo cariño de ellos y con el dinero. Pero el orgullo de la comunidad era la traviesa Nan, la inquieta, la revoltosa Nan, que se había hecho ya una real moza, plena de hermosura, energía y talento, que podía satisfacer las ambiciones de los padres más exigentes. A los dieciséis años de edad principió a estudiar medicina, y a los veinte seguía con firmeza sus estudios, en los que estaba ya muy adelantada; porque ahora, gracias a otras mujeres in­teligentes, había en el pueblo colegios y hospitales donde las señoritas podían estudiar esta carrera. No había cejado un ápice en su propósito desde aquel día, ya lejano, en que estando debajo del añoso sauce dejó a Daisy asustada cuando le dijo:
-Yo no quiero ser gravosa a la familia, ni quiero que se preocupen por mí; tendré una profesión, y con un botiquín y una caja de instrumentos andaré por ahí curando a la gente.
El tiempo se encargó después de confirmar esta resolución, porque no hubo ser humano que le hiciera cambiar de idea.


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