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Merienda (Louisa May Alcott) - pág.7

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.. Y la señorita Hetty miró por sobre sus anteojos los semblantes llenos de migas que se veían del otro lado, encontrándose con muchas sonrisas y saludo:., pues sus recientes clientes recomendaban entusiasmados su establecimiento a aquellos que habían preferido los dudosos manjares de Peck.
-El Brighton Rock fue un éxito; para mañana debemos tener una buena provisión y más leche. Briggs la bebió como un bebé, y tu simpático muchacho brindó a mi salud como un caballerito que es -replicó la señorita Jerusha, que se había aventurado a salir, antes de que fuera demasiado tarde, para hacer los honores de la lata con gran dignidad, pese a sus temores interiores.
-Peck ha quedado con una cuarta de narices, si es que puedo utilizar una expresión tan vulgar, y nuestra merienda es un éxito triunfal. Los muchachos saben lo que es bueno, y no debemos temer perderlos como clientes, mientras podemos servirles. Pediré en seguida un barril de harina, y calentaré el horno grande. Nos hemos puesto manos a la obra y ya no debemos volvernos atrás, pues nuestro honor está comprometido.
Con tan altanera observación, Hetty cerró de la puerta, tratando de hacer caso omiso del ansioso Peck, que aplastaba la nariz contra el sucio cristal de su vitrina, a fin de observar a sus rivales por encima de montones de confituras sin vender.
La pequeña empresa fue un éxito, y durante todo aquel invierno las ancianas cumplieron
fielmente su parte, y hallaron esa tarea más a gusto que sus eternas costuras. Además re­cibieron una buena ganancia sobre sus gastos, puesto que eran hábiles administradoras y les sobraba energía, espíritu de empresa y laboriosidad.
Los estudiantes se hartaron de saludables alimentos, y pronto aprendieron a querer a "las tías", como solían llamarlas, mientras que los padres que se interesaban por el asunto demos­traron su aprobación de muchas maneras, muy halagadoras para las ancianas.
Sin embargo, el triunfo final se obtuvo al cerrarse la tienda de Peck por ausencia de clientes, pues tenía pocos aparte de los muchachos. Nadie lloró por él, y Dickson demostró la verdad de la profecía de Hetty, al caer, en efecto, enfermo de fiebre en primavera.
Pero una nueva sorpresa aguardaba a los muchachos. Cuando regresaron en bandadas después de las vacaciones estivales, allí estaba la tiendita, luciendo su nueva pintura y acce­sorios, colmada de todas las golosinas conocidas, y encima de la puerta un vistoso cartel: "Plummer y Compañía".


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