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Merienda (Louisa May Alcott) - pág.6

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No se veía ninguna cofia en las ventanas,
pero tras las cortinas corridas, dos caras satisfechas espiaban para ver cómo recibían los escolares el gran anuncio. Aquel que recuerde la descripción medio cómica, medio patética hecha por Hawthorne acerca de las esperanzas y temores de la pobre Hepzibah Pyncheon al acomodar sus mercancías en el tenducho, comprenderá en parte la excitación de las hermanas, aquel día, a medida que se acercaba la hora fijada para su primer intento.
-¿Quién abrirá la puerta? -preguntó Hetty cuando llegó el momento fatídico, y los muchachos comenzaron a salir al patio.
-¡ Yo!
Y reuniendo coraje, la señorita Jerusha se adelantó valerosamente, abrió la puerta de par en par, y entonces, en cuanto el primer alarido de júbilo de los muchachos anunció que .el festín estaba a la vista, se precipitó de vuelta en el salón, presa del pánico.
-¡Allí vienen... y son cientos, a juzgar por el estrépito! -susurró a medida que se acercaba el ruido de pasos.
Y se elevó un clamor de voces:
-¡Qué buñuelos magníficos!

-Y estos pastelitos, ¿qué tal?
-Y nuevos también; parecen de primera clase.
-Yo les dije que no era una broma...
-¿Qué dirá Peck de esto?
-Dickson no vendrá...
-Ve tú primero, Charley.
-Briggs, aquí tienes un centavo; ve y compra como los demás.
-Estoy tan excitada que no podría contar el vuelto aunque en ello me fuera la vida - jadeó

Jerusha, oculta tras el sofá. -Ahora es mi turno... Cálmate, que no tardaremos en acostumbrarnos. Y disponiéndose a enfrentar la zumba de los estudiantes, tan nueva y azarosa para ella
como un verdadero peligro, Hetty salió al salón, donde fue recibida por una aclamación seguida de un coro de pedidos` dirigidos a todo aquello que se exhibía de manera tan tenta­dora sobre la mesa. Atrincherada tras una barricada de buñuelos, fue distribuyendo sus mercancías con creciente rapidez y habilidad, puesto que en cuanto quedaba satisfecho un turno de muchachos, otro acudía, hasta que la mesa quedó libre, el tarro de leche seco, y no quedaron otros rastros de la hazaña que un balde vacío y un montón de monedas de cinco centavos.

-Espero no haber estafado a nadie, pero es que estaba aturdida hermana; eran tan ruidosos, y estaban tan hambrientos... Que Dios bendiga sus corazoncitos; confío en que ahora estén satisfechos.


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