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Merienda (Louisa May Alcott) - pág.4

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-A veces las encontramos en la mermelada de manzanas, y clavos y pedazos de barril en las tortas; por eso es que algunos de nosotros no somos clientes de Peck -replicó Charley.
El pequeño Briggs, el renguito, agregó con vivacidad:
-Yo nunca le compro; mi mamá no me lo permite.
-Es que nunca tiene plata -vociferó Dickson, el gordo, oculto tras el cerco.
-No hagas caso, hijito; ven aquí todos los días, que yo me ocupo de que tengas una buena merienda. Y manzanas también, de las deliciosas si te gustan -repuso la señorita Hetty, palmeándole la cabeza y lanzando una mirada de indignación al otro lado de la calle.
-¡Llorón! ¡Marica! ¡Consentido de la abuela ! -se burló Dickson, que después huyó, porque Charley le arrojó una pelota con tan buena puntería que le erró por poco a la nariz.
-Ese muchacho se enfermará de ictericia, con toda seguridad, y se lo merece -declaró con severidad la señorita Hetty, al tiempo que tapaba la caja ya vacía, pues mientras ella hablaba, los desenvueltos caballeritos se habían servido.
-Muchas gracias por el pastelito, señora. No dejare de venir mañana -anunció el pequeño Briggs, con expresión tan inocente como si el bolsillo de su chaqueta no estuviera abultado de manera por demás sospechosa.
-¡Te morirás de frío, Hetty! -llamó la señorita Jerusha, y captando la indirecta, Charley se apresuró a concluir la visita.
-Vamos, amigos... Le quedamos agradecidísimos, señora, y yo me ocuparé de que Briggs no sea burlado por ningún bribón.
Dicho esto, los escolares se alojaron de prisa, y la anciana se retiró a su salón, donde se dejó caer en el sillón, tan excitada como si hubiera conducido un ataque a una fortaleza.
-Mañana llenaré las dos latas grandes y agasajaré a todos los pequeños, si Dios me lo permite -jadeó con expresión decidida, al tiempo que se acomodaba la cofia y las polleras negras, con las cuales el viento se había tomado libertades mientras se encontraba en los es­calones.
-No estoy segura de que no sea nuestro deber preparar y vender meriendas buenas y sa­ludables a esos muchachos -declaró la señorita Jerusha, que anhelaba distinguirse también de alguna manera-. Podemos hacerlo por poco precio y sin muchas molestias. Bastaría con instalar la mesa larga en la entrada, durante media hora de cada día, y dejar que cada uno de ellos viniera a servirse un buñuelo, un pastelito o un bizcocho con manteca.


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