Merienda (Louisa May Alcott) - pág.2
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Para ellas tenía un encanto particular, cierta especie de pastelito de melaza, preparado por su venerada madre, que fuera renombrada ama de casa en su época, y comido por las hermanas cuando niñas. Siempre tenían repleta una caja de latón aunque sólo de vez en cuando mordisqueaban alguno y preferían regalarlos a los niños pobres cuando todos los días, trotaban rumbo al mercado. En muchas ocasiones, la señorita Hetty sintióse tentada a invitar a los escolares, pero se contenía porque eran niños fuertes, a quienes ella consideraba más o menos como un gato benévolo a un grupo de perritos retozones.
Aquel día, la caja estaba repleta de pastelitos frescos, crujientes, tostados y dulces, cuyo olor aromático llenaba la habitación, y la puerta del armario de las porcelanas se mantenía sugestivamente abierta. Los anteojos de la señorita Hetty se volvieron en esa dirección, para luego volver a la escena de la calle, cómo si tratara de reunir valor para hacer algo. En ese precisó momento, ocurrió una cosa que la decidió y selló el destino de las tartas de mala calidad y su fabricante.
Unos cuantos de los niños más pequeños jugaban a las bolitas en la acera, pues en el patio se jugaba a la rayuela y el rango y tenían lugar refriegas amistosas de modo que no era posible hallar ningún sitió tranquilo. El gordito se sentó en un poste cercano, y como había consumido el último pastel se dedicó a molestar a los niños que jugaban pacíficamente a sus pies. Uno de ellos era el niño cojo y harapiento, quien saltaba de un lado a otro con su muleta, mientras masticaba una galleta seca, acompañada de vez en cuando por algún tragó de agua del grifo. Pocas veces traía consigo merienda alguna, y parecía gozar tanto de aquel pobre alimentó, que el muchacho alto, de cara despierta, le ofreció una manzana roja cuando salió del patio en busca de su sombrero, arrojado a la calle por su compañero de juegos.
El, muchachito cojo contempló con adoración la linda manzana, y se disponía a darle un primer mordisco delicioso, cuando el jovenzuelo
gordo, con un diestro puntapié, la lanzó volando
al medió de la calle, dónde una rueda que pasaba la aplastó en el barró.
-¡Qué vergüenza! ¡Le daré algo bueno! ¡El muy bribón!
Y con esta exclamación, algo confusa, la señorita Hetty arrojó a un lado su labor, corrió al armario y después se precipitó a la puerta delantera llevando consigo la lata, como si la casa se incendiara y aquélla contuviera sus más preciados tesoros.
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