El mantel de Tabby (Louisa May Alcott) - pág.14
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Mientras hablaba, la señorita Hunt se volvió hacia su otro paciente, y por la expresión de su rostro advirtió que había oído tanto el relato como la conversación. El sonrió, saludándola como de costumbre, pero cuando ella se inclinó para colocarle una compresa de suave tela húmeda sobre la inflamada herida de su pecho, susurró con expresión agradecida:
-Ya ha convertido a un "hermano sureño", de enemigo en amigo... Viva o muera, jamás podré olvidar lo generosos y bondadosos que todos ustedes han sido conmigo.
-¡Gracias! El oír tales palabras me compensa por meses de ansiedad y preocupación. Estrechémonos las manos, y hagamos lo posible para que Norte y Sur lleguen a ser tan amigos como ahora Inglaterra y Norteamérica -declaró la enfermera, tendiéndole la mano.
-¡ Yo también ! Me queda una mano, y la ofrezco con todo mi corazón. ¡ Que Dios lo bendiga, señor, y que los dos nos repongamos´ pronto ! -exclamó Johnny mientras se estiraba por sobre el angosto espacio qué separaba ambas camas, resplandeciente de satisfacción y dispuesto, como buen inglés, a perdonar a un enemigo que había demostrado su valor.
Las tres manos se unieron en cálido apretón, y ese acto fue una lección más elocuente que las palabras para quienes lo presenciaban, pues el espíritu de fraternidad que debería unirnos a todos, obró el milagro de reunir a los tres mediante los leves hilos tejidos un siglo atrás.
Así fue cómo el mantel de Tabby tuvo un fin hermoso y útil.
FIN
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