El mantel de Tabby (Louisa May Alcott) - pág.12
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Las mujeres tejían y cosían, así en domingos como en días de semana, para colmar la demanda de ropas; los hombres vaciaban a manos llenas sus bolsillos, ansiosos por contribuir, y el párroco, después de orar como un soldado cristiano, se quitaba la chaqueta y preparaba cajas de envíos, como un padre tierno.
-Hacen falta más hilos y vendajes, y me parece que ya hemos recogido hasta el último trapo que había en el pueblo -dijo una atareada mujer a otra, mientras varias de ellas preparaban bolsas con provisiones, en el tercer año de la prolongada contienda.
-Ya vacié mi desván, y ojalá tuviera más para dar -respondió una de las patrióticas madres de la familia Barrett.
-No podemos comprar nada que sea tan suave y bueno como las viejas sábanas y manteles... Las nuevas no sirven; si no, cortaría todas las mías -agregó una Wheeler recién casada, mientras cosía como si en ello le fuera la vida, recordando a sus muchos primos que estaban en el frente.
-Creo que tendré que entregar mi mantel revolucionario... Es bastante viejo y suave como la seda; y estoy segura de que mi bendita abuela lo consideraría el mejor fin posible para él intervino la canosa señora Hubbard, pues Tabby Tarbel se había casado con un miembro de esa numerosa y meritoria familia.
-¡ Oh, no querrás cortar ese mantel famoso! -exclamó la más joven.
-Sí que lo haré. Está en andrajos, y cuando yo muera, a nadie le importará de él. La gente no parece recordar lo que las mujeres hicieron en esa época, de modo que es inútil conservar reliquias de ella -repuso la anciana, quien habría comprendido su equivocación si hubiera podido anticipar lo qué ocurriría en 1876, cuando el pueblo celebró su centenario y exhibió con orgullo las tijeritas utilizadas por la señora Barrett para recortar papel para cartuchos, junto con otros antiguos trofeos de días pasados.
De modo que el antiguó mantel se convirtió en una caja llena de las mejores gasas y de los más suaves vendajes para cubrir heridas y fue enviado a una de las mujeres de Concord, que actuaba como enfermera. -¡He aquí un tesoro -exclamó ésta, al descubrirlo entre otros envíos de los suyos-. Justo lo que me hace falta para mi valiente rebelde y el pobrecito Johnny Bullard.
El "valiente rebelde" era un sureño que había combatido bien y que aunque herido de muchas maneras, nunca se quejaba, y en medió de grandes sufrimientos era siempre tan cortés, paciente y valeroso, que los demás lo llamaban "nuestro caballero" e intentaban demostrar cuánto respetaban a tan bravo adversario.
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