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El mantel de Tabby (Louisa May Alcott) - pág.9

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-¡Así servimos a los espías!
Antes de que el alférez De Bernicre -pues él era, actuando como guía del enemigo- pu­diera despejarse los ojos y secarse la cara empapada, Tabby había desaparecido colina arriba, con una carcajada y un ademán de desafío para los casacas rojas de abajo.
De muy buen humor por tal hazaña, corrió por todo el pueblo, observando a los ingleses en su obra destructiva. Derribaron y quemaron el poste de la libertad, abrieron sesenta barriles de harina; arrojaron quinientas libras de pelotas dentro de la represa del molino y de los pozos, e incendiaron los tribunales. Otras expediciones partieron hacia distintos barrios del pueblo, para saquear casas y destruir todas las tiendas que pudieran encontrar. El capitán Parsons fue enviado a tomar posesión del Puente del Norte, y De Bernicre lo condujo, pues en su anterior visita había tomado notas y era un buen guía. Cuando se pusieron en marcha, una pequeña figura escarlata partió volando frente a ellos, y desapareció en la curva del camino : era Tabby, que se apresuraba a volver en busca de su tía, para prevenirla.
-¡Pronto, niña!, ponte esa bata y esta cofia, y acuéstate en seguida. Esos entremetidos se apiadarán sin duda de una niña enferma y respetarán esta pieza, si no respetan otra - ordenó la señora Brown, mientras con celeridad, ayudaba a Tabby a ponerse una bata corta y una cofia redonda, y la arropaba bien cuando estuvo acostada, pues entre los blandos colchones de plumas se ocultaban muchos mosquetes, el mas preciado de sus tesoros.
Esto ya estaba planeado de antemano, de modo que Tabby, muy satisfecha, descansó mientras relataba lo sucedido. Entretanto, su tía Brown colocaba sobre la mesa frascos de medicina y vasos, ponía unas hierbas malolientes a hervir en el horno y, a fin de satisfacer su conciencia, urdía un buen cuento para ofrecerlo a los invasores.
Estos no tardaron en llegar, y Tabby tuvo suerte de que el alférez se quedara abajo para custodiar las puertas mientras entraban los soldados, pues podría haber reconocido a la osada niña que lo maltratara en dos ocasiones.
-Estas son plumas; levanten con cuidado las tapas o se ahogarán, pues vuelan muchísimo -dijo la señora Brown cuando los soldados llegaron a unos toneles llenos de cartuchos y pedernales, que ella había ocultado con habilidad destripando varias almohadas.
Así ,engañados, los soldados siguieron de largo satisfechos, abandonando precisamente lo que deseaban destruir.


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